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| Ballets de Pina Bausch. |
RECUERDA
En la terraza al aire libre del único bistró del pueblo estaba Casandra fumando y leyendo Suite Francesa mientras alguien la observaba desde otra mesa. Anochecía. Poco a poco se fue quedando sola. Los viejos tilos se mecían a merced del viento. Guardó los cigarrillos el libro y entró a pagar. Hipólito el camarero dijo, esto ha dejado un señor para ti y le dio un sobre que al verlo ella pensó imposible. Imposible. Pálida como la cera salió de estampida y corrió hasta el coche sin mirar atrás, huyendo, escapando. Escapando por la carretera de curvas enrevesadas y precipicios a la mar que adornan el paisaje familiar. Al llegar a casa apretó nerviosa el mando que sube la puerta del garaje. Puerta guillotina que suele cerrarse de inmediato que ahora bajaba en cámara lenta. Pimpinela no estaba. Nunca estaba. Pimpinela dónde estás, dónde estarás Pimpinela. Silencio. La oscuridad ocupaba en redondo el espacio por dentro y por fuera. Frenética iba encendiendo luces subiendo de dos en dos las escaleras hasta el salón. Cerró la puerta. Echó el pestillo. Se recogió abrazada a sí misma en la butaca tapizada de flores y se quedô dormida llena de silencio y vigilia a la vez.
Cuando despertó no sabría decir cuánto tiempo había transcurrido. Vio que el sobre había quedado en la alfombra, a sus pies junto a la chimenea. No quería recogerlo. No podía acallar los latidos de su corazón a golpes contra el pecho agitado. Aquella escritura a mano idéntica a otra perdida en la noche de los siglos era imposible. Imposible. Deliraba. A Casandra, decía el sobre.
Luego, "Noche. Silencio. Inmovilidad de una rama y de mi mente. Una rosa, imagen de tu esplendor efímero, acaba de soltar uno de sus pétalos. ¿Dónde estás en este momento, tú que me has ofrecido la copa y a la que llamo todavía? Sin duda, ninguna rosa se deshoja junto a aquel cuya sed apagas, allá abajo, y te ves privada del placer amargo con que yo sé embriagarte."
Recuerda amado, recuerda.
