mirando, mirando. VIMEO

" So long as you write what you wish to write, that is all that matters, and wether it matters for ages or only for hours,nobody can say. "

" Que escribas lo que quieres escribir, es lo más importante; aunque lo que has escrito perdure en el tiempo, o sea efímero como las horas."

Virginia Woolf , A Room of One´s Own

Monday, 27 March 2017

Switch off !

 
Klimt




Esta mañana nublada de Montreal es de azul cobalto.
La memoria parpadea entre dos polos distintos.
Recuerdo que una vez en Chile anduve de fiesta en funeral de encantamiento en atraganto durante meses. Cosas raras que pasan. Hasta que al fin llegó un día sereno off, off, off  Santiago.  Mucho más al sur en Las Nieves donde anduve por caminos secretos que conducen a los Andes y bebí el agua límpida en su vertiente.
 

Abajo el asfalto a lo largo y a lo ancho de su kilométrica tumba amordazaba la canción del viento.

Las Nieves conservaba aún el recuerdo de un hombre no afectado por el medrar febril.  Él me llevó a la acequia de su infancia, su tierra sus lares. Juntos escuchamos el concierto de los grillos y me besó en los párpados a la sombra del castaño que había plantado  siendo niño junto a su padre.
Quedará en mí para siempre la transparencia de aquellas horas, la plenitud  prolongada su aroma.
Amaneciendo, pañuelo en alto revoloteando  a la luz del alba el hombre de trigo me invitó a bailar una cueca descalzos en la hierba.   
Luego  nos  hundimos entre las espigas. 

Al llegar  a Santiago en medio del tráfico  y de la noche, un niño harapiento de apenas ocho años cronológicos con  ojos de muerte milenaria estaba pidiendo algo con la mano extendida; unos pesos lo que fuera para comprar Neopreno y olvidar este perro mundo,  tal vez para comer.  Quién soy yo para juzgar nada de nada. A nadie.
Recuerdo el color del smog la viscosidad del aire mi vergüenza inútil en comparación a la vergüenza en estado puro de aquella mirada de miseria cósmica descarnada como la lepra  condenada a reciclarse, sórdida, despiadada. Enmudecida.


Anoche tuve un sueño sin cortes editado de principio a fin. 

He soñado con el llanto. 

Amanezco jadeante. El jadeo me despierta.

No puedo seguir.





Saturday, 25 March 2017

El alcalde de los dientes de oro

Goya






Estábamos de gira  por el sur de Chile con La Farsa del Caballero y La Muerte,  obra de Nelson Villagra escrita en Décimas Campesinas ( octosílabos). 

Cuando llegamos a la ciudad de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, nos recibió Gus, el Secretario del Alcalde.

Gus presumía  de abundante cabellera negra con patillas largas que se peinaba con brillantina.  Tenía ojos pardos, hundidos, nariz difícil, boca de labios muy finos prácticamente inexistentes; detalles todos que pueden estar distorsionados por el  tiempo transcurrido. No obstante recuerdo claramente  su actitud servil, el modo relamido. Llevaba  abotonado hasta arriba un abrigo gris oscuro, largo, debajo del cual los pantalones que asomaban dejaban al descubierto piernas velludas y calcetines de caña corta. 

Una vez instalados en el hotel, siete de los ocho actores del elenco fueron con él a tomar un aperitivo. 
Yo no tenía ganas, me apetecía más llegar al teatro cuanto antes, soy maniática. 
Me senté tranquila en la primera fila a repasar texto. En silencio total, acumulando energía. Hacía días que venía  arrastrando gripes y afonías. La Muerte, mi personaje de La Farsa cantaba  en escena y a capella La Vie en Rose,  y era rapera. No tenía la más remota idea de dónde iba a sacar energía para bailar y la voz para trinar una hora más tarde. Pensando en todo eso estaba cuando apareció de la nada un joven atildado exigiendo, más que invitando, a que le acompañara: “ Soy Agapito, mi dama, ayudante del Sr. Alcalde y por deseo expreso de mi señor le transmito sus órdenes ”.  

Encamtada. Muchas gracias Agapito, respondí, no puedo. Voy a quedarme donde estoy.

El chico puso cara de incrédulo y salió regresando al poco tiempo muy sofocado: “Dice mi  jefe que le diga a usted, mi dama, que le molesta su desatención”.

¡Qué le vamos a hacer !  No voy a ir. Lo siento Agapito. 

Mentira gorda. No lo sentía. " Mi dama " estaba hasta más arriba de la coronilla y lo único que pretendía era que me dejaran en paz. 

Al fin llegó la hora de la función. 
El teatro estaba lleno a pesar de la noche inclemente.
No sabría decir de qué profundidades apareció la voz  que me permitió gorgojear.  
Recuerdo bien los aplausos al final de la función. En pie. Un éxito. 

En el foyer  nos esperaban las autoridades e ilustres personajes de la ciudad para felicitarnos.  Después nos invitaron  a cenar. En el comedor había  una mesa  estrecha, larga de mantel blanco, vajilla  blanca, flores blancas; todo blanco sobre paredes  blancas, luz blanca.  No había cuadros ni adornos. Allí estaba el famoso alcalde, un hombre corpulento de cara aborrajada, ojos saltones, modales bruscos. Se sentó el primero a presidir la mesa con Nelson a su derecha. El secretario distribuyó a los demás invitados. A un chasquido de dedos dirigidos al secretario y este a un camarero, empezaron a sobrevolar por encima de nuestras cabezas fuentes y más fuentes de empanadas: Empanadas fritas, al horno, con queso, sin queso,  de carne, de marisco. Empanadas grandes, pequeñas, medianas, enormes. Empanadas a destajo. 
El alcalde engullía, cantaba, bebía, se emocionaba escuchándose. Me fijé que apenas se le veían los dientes, era como si tuviera la boca vacía y de ella saliera  un resplandor. 
Intrigada a más no poder miré a Nelson buscando complicidad y me guiñó el ojo; eso encendió en mí el fuego sagrado. En ese momento hubiese preferido convertirme en sombra, abandonar el ágape, aceptar la galante invitación de mi seductor compañero y  dedicarnos al arte de amar.  Distraída en ese ardiente deseo y  por otro lado sumida en la aburrición no le puse ningún interés cuando el alcalde haciendo alarde de experto jugador de rayuela lanzó una empanada que cayó justo justo en mi plato. 
Francamente no lo esperaba, estoy poco acostumbrada a ese tipo de excesos. 

¡ Así que a usted tampoco  le gustan las empanadas ! exclamó el anfitrión. 
Buena cosa.  A mi dama no le gustan las empanadas, no le gustan los aperitivos. 
¿ No le gusta Chile a mi dama?  

¡Buaf! qué mal rollo, pensé. Qué mal rollo. Y no le hice caso. 

¡Coma lo que le he servido! insistió.

No me apetece, respondí controlando  el impulso fuerte de levantarme de estrellar la fuente de empanadas  en la cara del alcalde. 

En su lugar le dije casi en sotto voce con estilo vertical y cosmopolita.

No 

                                            me 

                                                                                    apetece


No  me da la gana.  Punto pelota. 

                
El alcalde se puso rojo, morado y al final verde hoja.  Abriendo completamente las fauces emitió un sonido extraño que retumbaba y retumbaba sin fin; parecido al grito de  Johnny Weismuller en la selva. Tanto vociferó que se le descoyuntaron  las mandíbulas. 
El secretario consternado llamó a la ambulancia. Unicamente recuerdo  haberme asomado a la boca del cavernícola, que no la podía cerrar,  y vi entonces, oh cielos, que la dentadura era de oro. Entera de oro. Oro macizo y reluciente. Por eso el resplandor.


Como el diablo.



P.D. Toda semejanza con la realidad es pura y simple coincidencia.



Friday, 10 March 2017

Un poema de amor







Igual parece a los eternos dioses
Quien logra verse frente a ti sentado:
¡Feliz si goza tu palabra suave,
Suave tu risa!

A mí en el pecho el corazón se oprime
Sólo en mirarte: ni la voz acierta
De mi garganta a prorrumpir; y rota
Calla la lengua

Fuego sutil dentro mi cuerpo todo
Presto discurre: los inciertos ojos
Vagan sin rumbo, los oídos hacen
Ronco zumbido.

Cúbrome toda de sudor helado:
Pálida quedo cual marchita hierba
Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte
Parezco muerta.


(Traducido por Marcelino Menéndez Pelayo. 

La perfección de este poema de Safo, como dice Octavio Paz, expresa la concentrada ansiedad del deseo).




Wednesday, 1 March 2017

Emma en la penumbra

 
Drapper






El insondable silencio estaba lleno de enmudecidos espectros, en cuya presencia impalpable, el persistente, oscilante palpitar de la penumbra que me cobija ahora desplaza cierta ambigüedad confusa cuando estoy a punto de contar intimidades que vienen de otras bocas, otras memorias caprichosas y quiméricas como la mía. 

Me invade una agobiante vaguedad cuando empiezo a escribir. 
Suena el teléfono pero no tengo ganas de hablar.
Arriba Marcel ha tomado la llamada y viene a decirme,  es para ti, no ha querido dejar el nombre.
Quién será… Ahora contesto. 
¡A que no me van a dejar escribir en paz...! qué pelmas. 
¡Hola! ¿ Quién es?
 Al otro lado de la línea una voz ronca, desconocida,  contesta.
¿No me reconoces ?

Pausa y desconcierto.

Pues no. La verdad que no.  Ha marcado un número equivocado.

¿Estás segura de que no sabes quién soy?
 No.

Silencio.

¿Prefieres entonces que hable con Marcel ?
 Si no se identifica cuelgo.
¿ Te atreverás Emma ? 

Cuelgo y empiezo a sofocarme.
Vuelve a llamar, tomo el teléfono.

¿Es para ti o para mi? pregunta Marcel.

Para mi, querido, no te preocupes.

Me encierro en el escritorio so pretexto de una grabación.
Claro que recuerdo esa voz;  cómo olvidarla. 
Le conocí  hace muchos años en Perthshire un día de Noviembre  y desde entonces su sombra me ha perseguido. 
Todo empezó en el rincón  Jekyll and Hyde una noche  entre amigos. Era nuestro Pub preferido. Había un piano  de teclas gastadas por el tiempo y por las manos virtuosas de quienes regalaban música a todas horas. Exquisita música. Solíamos  bailar, hablar interminablemente, beber, estar por estar. 
Cerca de nosotros en otra mesa un hombre  fumaba observándonos. Nos sonrió y le sonreímos nos miró y le miramos. Nos saludó con un gesto de cabeza y le invitamos a compartir  compañía. Llevaba jersey de cuello alto negro y bufanda escocesa.
Le brillaban algunas canas en el pelo ondulado, ni largo ni corto,  peinado con elaborado descuido. Me encantó de repente. Era mucho mayor que yo. 
Como si me hubiese leído el pensamiento dijo que le gustaría hablar conmigo aunque solo fuera unos minutos. Dijo que nos conocíamos, que nos habíamos visto antes de que se acordaba perfectamente. No le creí pero quedaba la duda y la curiosidad.
Fue tan persuasivo que acepté  atraída por sus modales su voz profunda y pausada, por sus manos, por sus ojos color ostra. 
Me invitó a una copa templada de Irish Mist,  después otra y varias más.

Dijo llamarse James Maddledane y al parecer estaba de paso camino a  Wales. 
Le conté  la archisabida historia de por qué  nuestro Pub llevaba el nombre de la famosa obra de Stevenson, leyenda obligada para cualquiera turista que apareciera por nuestros lares.
Asi que “Jekyll and Hyde”, dijo. 
Si eso es.
No me has dicho tu nombre.
Iba a mentir, pero dije la verdad. 
Emma, me llamo Emma.
Emma… Emma ... mi nombre sonaba a música en mis oídos.
Emma ¿ como Emma Bovary?
Me  miraba fijamente. 
No. Simplemente Emma.
¿Estás segura ?
Mme. Bovary, y yo somos polos opuestos.

Así de  broma a sobresalto me fui quedando y  me fue envolviendo. 
Para cuando quise darme cuenta, varios de mis amigos,  Ralph, Moira y Michael se habían ido. 
Era tarde. Sentí un escalofrío en el corazón. 
Menos mal que vivíamos todos cerca en  caso de apuro.  
¡Baila mucho, pásalo bien ! dijeron  al salir.
 
Tuve ganas de correr tras ellos obedeciendo el pálpito de escapar, la repentina ansiedad. Qué ambigua y desperdigada aparece cuando menos se espera. 
Quisiera poseer el  hechizo que me asegurase para siempre la tranquilidad y el sosiego.  

En el diminuto condado todos nos conocíamos. No había carretera principal. Se llegaba a través de caminos vecinales de belleza incomparable por donde al menos podía circular cómodamente la vieja carroza mortuoria de cristal con farolillos de carburo tirada por caballos negros enjaezados.

El cochero Mr. Lethood  vestia  de luto riguroso usaba sombrero de copa, guantes de cabritilla y abrigo con esclavina para llevar al difunto hasta su última morada. Le calculábamos exagerando un poco, al menos cien años. Era un hombre curtido por el tiempo, perdurable como el musgo espeso de los bosques. Acostumbraba a cabalgar por los caminos a horas tardías. Le gustaba mucho tararear viejas canciones
Cruzarse con el funerario caballero en medio de la noche decían que traía muy mala suerte. Muy mala suerte. 

Sin duda hubiese sido  mejor regresar a casa con los amigos pero me quedé con James que sonreía a la luz de la vela casi consumida.
Qué quieres de mí, le pregunté, porque la verdad es que no nos conocemos de nada.
Pregunta que no era pregunta sino certeza subyacente, voz ahogada del sentimiento agitado. Por debajo de la mesa James sujetó mis piernas entre las suyas, sin perderme de vista.

¿Te atreves conmigo? preguntó  después de una larguísima pausa.
 No había fuga posible, ni paz.

¡ Si ! respondí como quien se precipita al vacío sin pensarlo.

En medio de la  pista me abrazó como nunca antes nadie me había abrazado. Bailamos cuerpo a cuerpo, sin despegarnos, varias piezas seguidas que nos dedicaba el pianista inspirado en la penumbra del Pub.
Y me dejé ir. Me dejé ir. Dios mío, si poderlo remediar. Sin quererlo remediar.
Me dejé ir con él, para él, silenciosamente.  
Nada ya separaba mi rostro del de James tal era la estrechez del abrazo, de los labios  rcuando se acarician  un segundo antes del beso
¡Emma vida mía, vida mía ! susurro que perfumaba el  aire y desordenaba por  mi escasa voluntad. Mi pensamiento.

En el Pub al final de la noche quedaba el pianista tocando  un viejo vals y mi alma a la deriva.

No recuerdo más.  
Hay un lapso de tiempo olvidado.
Pero sí recuerdo la caricia suave del rocío de la madrugada en la hierba del bosque cerca del Pub no lejos de casa. Un ramillete de miosotis azules ocultaban mi pecho debajo de la  blusa abierta hasta la cintura.  

Me levanté como una sonámbula y sin perder un segundo corrí sacudiéndome, al correr, las flores. Hacía frío. La humedad del cielo se juntaba con la del musgo.

Nada más entrar en casa y cerrar la puerta apareció  la niebla. Era muy espesa y se expandía como un hongo atómico hasta el balcón de mi cuarto. Juraría que miraba encubriendo presencias, borrando rastros. Cómplice, misteriosa. Corrí los cortinones y me escondí entre mantas. 

Eso fue hace mucho tiempo. Mucho tiempo.

He llegado al final de la página y del sobresalto.

Ahora voy a descolgar  el teléfono para que nadie llame esta noche y mañana es muy posible que lo arranque de la pared definitivamente si a Marcel no le importa.