viernes, 16 de enero de 2026

Friends







Mis padres siempre guardaban los artículos que escribía en DEIA su querido amigo  José Ramón Scheifler Amézaga. Cuando vuelvo a Mundaka todos los años solemos vernos en casa con Juan Luis Cortina, Gerardo Laibarra y José  Ramón, Begoña, Mari Carmen Scheifler; comemos juntos  mirando  la mar desde la terraza y recordamos a los que se han ido y formaban parte importante de nuestra familia. 
Todos ellos jesuitas. 
Recuerdo ahora a Juan Maria Lumbreras, Plácido Mújica, PatxiAltuna, José Ignacio Scheifler, Mario Martínez de Lejarza, Javier Oleaga, Ignacio Arregui, Rafael de Leturia, Ignacio Ellacuría, asesinado en San Salvador,  José Antonio Sánchez. 

Pedro Arrupe. 

Faltan otros: Faltan mis padres que tuvieron la sabiduría de rodearse y rodearnos a los hijos de tanta gente extraordinaria  que me ayudaron a crecer sin repartir bendiciones,  ni sermone, s ni medallitas ni crucifijos. Al contrario invitaban al derecho de  dudar, de ser y pensar diferente sin amenaza ni condena divina.  Eso he aprendido de ellos. Enseñanza privilegiada a veces única . Indeleble.

Hoy publico un artículo  que he encontré en Bilbao en el escritorio de mi padre. Debe tener varios años, no hay fecha a la vista. Me ha ha gustado mucho. 



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Los jesuitas se confiesan

Jose Ramón Scheifler Amézaga




No están en su mejor momento. Han vivido también situaciones históricas peores. La última, propiciada por el cambio de la sociedad y de la Compañía de Jesús bajo el carismático P. Arrupe, se siente todavía. Trabajados en su historia por persecuciones, adversidades, exilios y aun la extinción, decretada por un Papa presionado por las cortes borbónicas del siglo XVIII, los jesuitas han asumido con humildad la discreción del silencio y la penumbra. No se han rendido, sin embargo, ante el trabajo de acomodar el carisma evangélico e ignaciano a este nuevo mundo sin retorno. Silencio no es en las raíces y la conciencia señal de muerte. 

¿Explica esto la aparición de un libro tenido por imposible? En épocas de florescencia jesuítica se bromeaba con el tercer misterio que ni Dios conoce: “qué tiene un jesuita por dentro”. Hoy, rompiendo ese silencio, aparece ese título provocador: “31 jesuitas se confiesan”. Casi 600 páginas. Respuestas de estos pocos jesuitas, de muy diversos países, culturas y talantes a 33 preguntas. Preguntas, curiosas algunas: “¿Con qué aroma le gustaría ser asociado? ¿Qué imagen ha quedado grabada en su mente?” Respuestas desde las telegráficas a varias páginas para cada pregunta. Al fin de la lectura, más de 20 folios de notas, 400 respuestas seleccionadas para este breve especimen. Frente a una síntesis mía, imposible, prefiero el frescor verde y vivo de lo individual. Un cortísimo muestreo de respuestas a seis o siete preguntas. ¿Un estimulante aperitivo? 

1. “¿Cómo se autodefine usted? ¿Quién es usted?” 

-Un jesuita atípico, historiador de la cultura (M. Batllori), un discípulo de Jesús de Nazaret (A. Dou, matemático). Un peregrino en búsqueda, lleno de incertidumbres y maravillado por la belleza del camino que recorro (A. Angulo, sociólogo, colombiano). Vjaceslav Ivanovic Ivamov escribe que, en tiempos arcanos, los sacerdotes eran poetas y los poetas sacerdotes. Creo que eso podría definirme (M. Ivan Rupnik, Teólogo-escultor, esloveno). Un peregrino que busca a Dios, un apasionado del hombre y por el hombre, un inquieto, continuamente en busca del sentido de la existencia del hombre en Dios y de Dios en el hombre. Todo en el silencio y la discreción del corazón (Bafnidinsoni Maloka, superior S. J. del Congo). Siro-italiano de origen, egipcio-libanés de nacionalidad, greco-bizantino de rito, francés de cultura, discípulo de Pascal... dotado de alma oriental y espíritu occidental, sueño con reconciliar las esferas más diversas; filosofía y teología, física y mística, sexualidad y castidad, economía, política y fe... (H. Boulad, teólogo y poeta). Vasco, nacido en Barcelona, a donde mis padres tuvieron que huir en 1937, no sé de qué pasta estamos hechos los jesuitas en El Salvador respondí sin pensarlo a Mercedes Milá­. Pero sea cual fuere esa pasta, así nos ha hecho el pueblo salvadoreño. Me gustaría ser honrado con lo real, un ser humano y un creyente afectado por lo real (J. Sobrino, teólogo). 

7. “¿Qué piensa de la muerte?” 

-Considero la muerte como el momento de la liberación, el paso a la plenitud. Con el pasar de los años, con la muerte de los amigos, de las personas queridas, he llegado a la convicción de que la muerte nos unirá. Tengo un problema personal con la fe en el Purgatorio. Lo mismo respecto al Infierno, si se quiere, pero no creo que haya nadie en él (Stanislaw Obirek, historiador, polaco). 
El hombre tiene una sola posibilidad de vencer la muerte: saber morir. La certeza de la muerte, su recuerdo, me ayuda a saber vivir, es decir, a saber morir. No escatimar esfuerzos, sino consumirme por la misión, con amor (Ivan Rufnik, teólogo-escultor, esloveno). No sería filósofo si no tuviese presente la posibilidad del puro y simple aniquilamiento. Los que no han contemplado el abismo en el que todo desaparece, absolutamente         todo, nunca tendrán más que una esperanza adulterada. Eso no quiere decir que me encuentre desprovisto y aterido a las puertas de lo desconocido. Recuerdo la oración de Gabriel Marcel al ángel de las metamorfosis, y su ardiente deseo de volver a encontrar a los “suyos”. El alma quiere ser juzgada. Yo he escrito mucho sobre Cristo y cuento con mi obra como intercesora (Xabier Tilliette, francés). 

10. “¿Cuál es su visión del mundo femenino? 

-Veo en ellas la imagen de la Virgen María ­más en concreto­ como mi hermana mayor y mi buena madre (N. Klaus Luhmer, pedagogo, Alemania-Japón). De nuevo una paradoja. Siendo un religioso católico y por eso mismo célibe, las experiencias más importantes se las debo a las mujeres, a mi madre, a mis hermanas, a tantas mujeres que, con el pasar de los años, han llegado a ser verdaderamente amigas. El hecho de ser un hombre, y precisamente célibe, proporciona a estas amistades un matiz especial, indefinible. El no poder ser el marido o el amante es una verdadera fuente de sufrimiento, un cumplimiento irrealizado. Pero eso que falta hace la relación más estable, fuerte, desinteresada. Ese mundo femenino me abre los ojos a verdades y a dimensiones que jamás me daría la vida de un religioso, sentir la certeza de que las cosas tienen que salir bien... (Stanislaw Obirek). Un mundo fascinante, pero ¡qué tormento! (Gianpalo Salvini). Como rector de la Universidad de Sofía (Japón), conocí a varias directoras de escuelas católicas y se llegó a una comunicación, tan llena de amistad y colaboración íntima que aun ahora, cuando voy a Japón, si no voy a verlas casi me siento mal. Ciertamente es un amor muy grande. Y un amor, humano sí, sí, porque soy hombre y ellas intentan hacer todo por ayudarme (Giuseppe Pittan, ciencias políticas, Italia-Japón). 

19-20. “¿Cómo describiría la Iglesia actual y cuál sería su modelo ideal?”

-Yo no sería capaz de hacer un juicio sobre toda la Iglesia. Tengo que contentarme con el conocimiento personal de la que tengo más próxima. Y a ésta la encuentro precavida y sorprendida ante los acontecimientos sociales y ante la utilización de la tecnología moderna. La Iglesia española no ha puesto fin a sus discordias, aunque éstas no aparezcan por la virtud de los teólogos, de los superiores y de la jerarquía eclesiástica... me inclino decididamente por una Iglesia capaz de multiplicar las esperanzas en un mundo afligido con los problemas de las guerras, el terrorismo, del hambre, de la incultura y de la explotación de las antiguas colonias mediante el imperialismo económico de los países ricos (José M. Martín Palino, teólogo). La actual, como un fracaso del esperanzador Concilio Vaticano II. La ideal, la que intuyó y comenzó a proponer el C. VII (M. Batllori, historiador). El tema de la Iglesia Católica es quizá el que más me hace sufrir.Aguanto y acepto las críticas que se hacen de ella cuando están inspiradas por el amor y la humildad, y con la discreción que nos recomienda J. Ignacio. Nunca hemos tenido una jerarquía eclesiástica de tanta pureza moral y altura de miras como en la actualidad. Me gustaría ver en ella un ritmo más rápido en la realización de esa evolución que presienten también los espíritus más clarividentes: hacia una Iglesia menos burocrática, menos institucionalizada, menos piramidal, más profética, más humilde, más valiente en la denuncia de las injusticias y más amiga de los pobres (J. Plazaola, esteta). Como una Iglesia que está envejeciendo y se preocupa demasiado de sí misma, de cuestiones secundarias. Como Iglesia orgullosa de su tradición, cerrada a la cultura contemporánea con         tantos elementos genuinamente evangélicos. El modelo ideal, el que encuentro siempre en el Evangelio. Una Iglesia cercana a los débiles, a los pecadores; una Iglesia que denuncie con valentía las falsas religiosidades, los ídolos de los mismos creyentes (fariseos de hoy), pero capaz también de compartir las alegrías del hombre (Stanislaw Obirek, historiador). 

33. “¿Con qué aroma le gustaría ser asociado?” 

-Con el olor del pan que sale del horno (Giusseppe Pittan, ciencias políticas). 
Treinta y un jesuitas, de alguna relevancia y de bastante edad, entre los 2.400. Una docena de ellos en estas líneas, en sus respuestas ­no siempre completas­ a unas pocas preguntas. Gentes con fe en su ideal y en su trabajo más a la         vista, oculto e ignorado, pero capaz todavía de atraer a nuevos jóvenes en los países orientales. No así en esta vieja Europa, y muy especialmente en esta tierra vasca de Iñigo de Loiola y de tantos otros. Pero sea lo que sea del futuro de los jesuitas, estas confesiones son un testimonio a la historia y a la reflexión.









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viernes, 12 de septiembre de 2025

Mundaca, de Jean Mailloux














foto de bz desde  casa  en Mundaka 




Je t'ai déjà parlé de cela, je crois. Il y a bien des années quand j'étais dans un bar de Mundaca, j’ai vu sur la terrasse deux hommes qui fixaient l'horizon.  C'était la fin de l'après-midi. La lumière était riche, bien dorée comme je l'aime. Le visage de ces deux hommes étaient impressionnants. Basanés, les traits taillés aux ciseaux et le regard intense, ils ressemblaient à des statues que la mer aurait érigées. Ils m'ont profondément impressionné.

Dernièrement, leur souvenir m'est revenu en mémoire et j'ai composé ce petit poème un peu sur le modèle de L'Étranger de Baudelaire dans le recueil Le Spleen de Paris. Tu le trouveras à la suite de ce courriel.

 

Besos y abrazo!

 

Jean  "


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Toi, l'homme aux yeux fixés sur la mer, que cherches-tu du regard? Le retour d'un navire?

-- Non, aucun bateau n’est sorti, aucun ne rentrera.

-- Chercherais-tu les goélands au grand vol?

-- Non, ils ont toujours suivi mon sillage.

-- Le vent a-t-il quelque chose à te dire?

-- Le vent ne parle pas, il souffle.

-- Cherches-tu le temps qu'il fera dans les nuages qui glissent à l'horizon?

-- Non, je n'ai pas besoin de le savoir. 

-- Alors quoi, toi qui as le regard fixé sur la mer que regardes-tu? 

-- Je regarde ce que mes yeux voient: la mer.



lunes, 9 de junio de 2025

Piil-Pil abordo del Saint Laurent



bz. Desde  El balcón de los Piratas. Ondartzape.

 

 

Amanece,  la tempestad nos envuelve y el aire susurra secretos olvidados  que el viento helado del norte lleva y trae inmiseridorde.

Los pajarillos de pecho rojo o azul vuelven a posarse en las ramas que golpean el cristal del rincón de la escribidora donde las  ardillas se sientan ca comer  pipas en el quicio del ventanal. La nieve cubre los árboles. Ciega su resplandor. Aniquila. Absorta en el silencio hacen eco en mi los versos de Nelligan; Ah ! comme la neige a neigé ! Ma vitre est un jardin de givre. Ah ! comme la neige a neigé ! 

 

Cuando llegué a este Norte tan distinto al mío Québec, los Quebecuá me abrieron las puertas de su casa de par en par. Juntos creamos lealtades hasta hoy desde cuando todo parecía al alcance de la mano.  Viví con la sonrisa a flor de labios años de utopías derribando imposibles cuando me creía inmortal, cuando el espejo devolvía la imagen de lo que prefería ver. 

Años espléndidos que no les daba mayor importancia. 


Este país enamora. 

En Otoño la  brisa-retro-romántica de mil colores  emborracha el aire. 

Cientos de etnias pasean por Boulevard St. Laurent. 

El mundo entero recorre sus veredas donde nadie ridiculiza  a nadie aunque salga una vestido de buzo con escafandra, y  los Petronios de la moda tienen por estos lares futuro incierto. Cada cual viste, se peina, calza o se pinta como le da la gana, así, sin más, sin parafernalias.

 

En ese tiempo  cuando mi padre venía a visitarme con frecuencia, cenábamos  abordo de barcos  magníficos, invitados por Capitanes y tripulaciones vascas de Bilbao, de Mundaka, de Bermeo, de Ondarroa, amigos nuestros. Hablaban siempre en euskera con mi padre. 

 

El fastuoso río San Lorenzo  acoge hace siglos marinos y barcos de todo el mundo. En pleno invierno el puerto cierra las esclusas esperando con paciencia el deshielo 

Recuerdo tantas noches a bordo de buques de la marina mercante de nuestra tierra, rodeados de  hombres de mar , amigos  que traían consigo viejas historias.  

Te acuerdas Capitán, oh Capitán.

El tiempo ha pasado desde aquella noche cuando a la luz de las velas mi padre y yo cenamos contigo un Pil-Pil histórico de levantar la boina, llenaste de música y de flores tu barco. Estabas casi igual a los recuerdos de otro entonces. Las canas tejían poco a poco el tiempo transcurrido entre la última birbiriketa en la Atalaia. Birbiriketas cuando el amor era un vaivén de entusiasmos y pasiones fugaces. Y los gustos de quita y pon un: te gusto-me gustas, nada más. Ahora corta el aliento tu imponente estampa de capitán. 

Risas,  entre txakolí y txakolí. En los Txopos. 

Qué encuentro aquel encuentro. Esos encuentros. Quién hubiera dicho durante nuestros desembarcos  de Madalenas en el puerto de Bermeo, pies descalzos alpargatas al aire, impetuosa pretensión de sentir vibrar la vida, y no importaba morir al saltar a tierra  como si fuéramos  héroes de Normandía. Así pues nos reencontramos  en el mágico guión que Jaime, mi maestro, decía traemos sì o sí debajo del brazo.

Todos. No sé. Ahí queda a la luz de la luna. 

Pasada la medianoche mi admirable cómplice, léase my father y yo, regresamos a casa.

Recuerdo la cadencia  de la nieve,  nevando. 

martes, 15 de octubre de 2024

Father


la fotografía es mía




Cada vez que juego al ajedrez, veo a mi padre jugando, y cuando escribo le veo cargando de tinta azul marino su amada pluma, secante en mano, lleno de papeles y cuadernos. Sonreía, vivía en otra dimensión, de distinta manera, para sí mismo, como quien alcanza un estado de gracia. Era una gozada verle.
—Las horas pasan sin sentir, me falta tiempo, — decía.
El tablero y la pluma fueron sus verdaderas posesiones. .
Lo material tenía un valor necesario y relativo a la vez.
Le vi regalar cosas y casas como si de bagatelas se tratara.
Era así. Soy testigo y cómplice de incontables momentos y aventuras imposibles en apariencia no obstante verdaderas.
Un día poco antes de morir le pregunté qué le apetecía, qué deseo quisiera ver cumplido.
— Ya que preguntas, hija, tráeme el ajedrez y la pluma que están en mi despacho, la boina azul que he dejado en el paragüero de la entrada, y una sopa de ajo hecha por mi novia, Mirentxu Aguirre Lámbarri, y mañana, tipi tapa, tempranito me vienes a buscar y sin decir nada a nadie nos vamos por Sollube tu y yo a Mundaka. Se enfadarán primero pero se les pasará después. Tengo ilusión de seguir escribiendo las Memorias mirando la mar desde el nido de las gaviotas, encenderemos la chimenea. Únicamente le he dicho a Peli  
( Araluce , su gran amigo ) y está de acuerdo con nosotros.
Al día siguiente llegué con todo listo para llevar a mi padre a su casa de Itxas-Begira. 
Qué ilusión y esperanza teníamos. Otra aventura más que contar y reírnos después.
Escapar del hospital sin permiso en plan clandestino. Desobedecer lo necesario.
Casi lo conseguimos.
Lo que sigue es mejor que permanezca entre pecho espalda a la altura del corazón .
Sin nombrarlo.
Volviendo a la escritura y al ajedrez
—Father, tenías razón, las horas entre letras pasan en un suspiro, el tiempo se detiene, la sonrisa aparece porque sí, y la muerte parece no existir.
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Esta noche B desde el palco.
La foto es mia


sábado, 31 de agosto de 2024

Solo un sueño

de la red







Hacía mucho frío. Se levantó, paseó por la casa, miró por la ventana absorta contemplando el cielo blanco que presagiaba tormenta de nieve. Luego volvió al escritorio, al teclado. Si lo dejaba para más tarde, para otro momento, las palabras podrían quedar silenciadas, prisioneras. Enredadas en la madeja del tiempo se convertirían en cabos sueltos perdidos buscando el final del laberinto. Sintió un escalofrío súbito, un algo impreciso en la espalda. No. No había nadie. Envuelta en suave manta de lana de Arán, siguió escribiendo. Tiempo era la última palabra antes del sobresalto. Tiempo. No volver nunca atrás. No arrepentirse de nada quizás únicamente del tiempo perdido. Lo demás no. Sólo el tiempo que había regalado a destajo a costa de su propia vida. Lo demás no importaba. Lo demás no. Nada de lo demás. Sólo el tiempo. Sólo el tiempo irrecuperable.
Todos dormían plácidamente.
Se acercó agitada hasta el quicio de la puerta abierta de su despacho. Hubiera jurado que unos pasos la seguían otra vez, despacio. Se dio la vuelta y no había un alma.. Nada que no fuera el ritmo sobresaltado del pensamiento. La zozobra. El frío más allá del frío que cala el tuétano. Un atraganto lacerante. Necesitaba música. Trois Couleurs de Zbigniew Preisner llenaría la oscuridad antes del amanecer. Somnolienta regresaba al susurro de las mareas y soñaba con una ola verde de cristal que la arrebataba en su cresta transparente. Tan enorme era que llegaba al cielo, se detenía un instante apacible y rompía en cascada.
Descalza sobre las teclas del piano de cola que coronaba la ola transparente, bailaba la doncella, su cabellera de miosotis azules flotaba al amanecer.
Otras veces aparecía la pesadilla. Siempre la misma desde que era niña. Una ola oscura descomunal emergía de lo más profundo del Cantábrico y amenazaba con engullirla a los pies de Errandosolo. Ahogándola. Haciendo un esfuerzo supremo se dio la vuelta. No sabría decir si fue el miedo sin límite o fue desafío ante el espanto. Pero al mirar vio que la ola se disolvía en el abismo del que había brotado como si nunca hubiere existido.
Ella entonces despertaba
Volvio a la música , a Preisner, a las notas en la nieve de aquel tango apasionado.

miércoles, 3 de julio de 2024

Y en la nieve más roja que nunca la sangre


Ballets  Pina Bausch


No se veía un alma. La tempestad de nieve había hecho estragos inutilizando carreteras sepultando coches, bloqueando la entrada de las casas, paralizando la ciudad.

Fuencisla tuvo la sensación de haber caído atrapada en una de esas bolas de cristal que al agitarlas el paisaje interior no tiene principio ni fin. Hacia poco tiempo que había llegado de parajes verdes donde la mar desafía cualquier belleza imaginable.

Quizá nunca más regresaría.

Ese recuerdo la obsesionaba tanto que aquel día decidió no recordar más. Nunca más. Decidió no volver a escribir a nadie, rompía las cartas sin abrirlas. Decidió cortar de una vez con todo. To cut! Couper ! Abrazar el olvido acallar cualquier vestigio del pasado. La nieve enmudece el eco, congela el llanto. Sepulta. Convenía sumergirse en el sigilo blanco inmaculado. 

Perderse. 

Mejor rechazar como un mal pensamiento lo que se ha dejado.
No volver nunca más al punto de partida. No mirar atrás. 
Lograría sin duda con el tiempo deshacerse de algunas raíces insidiosas que secuestra la memoria. 

Esa clase de memoria.

Se levantó de un salto. Horas antes había abortado de repente, sin querer, estaba sola, profundamente sola. Se puso el abrigo, la bufanda, los guantes el sombrero, y las botas sin calcetines. Los calcetines que aprisionan tanto los pies dentro de la bota. 
Bajó precipitadamente las escaleras hasta la puerta que estaba bloqueada por la tormenta. No podía abrirla pero tenía que salir. Salir y respirar. El corazón latía a golpes queriendo escapar del pecho. A empujones, a punto de desmayo consiguió tragar a bocanadas el aire. El aire. Sangraba. Se ahogaba. 
Siguió camino al hospital en la calle desierta. Enfundada en los jeans negros las manchas delatoras no se verían. 

Lloraría después. Quizá más tarde, lloraría. 

Mientras avanzaba contra la tempestad un golpe terrible por detrás en la cintura la derribó al suelo. Era un coche retrocediendo en la tormenta. Se arrastró a ciegas apenas unos centímetros tratando de escapar del Chrysler Valiant descapotable que la hubiese partido de no haber sido por un movimiento instintivo y preciso. Grito pero la nieve sofocaba la voz. Las ruedas iban pasando por encima de las piernas de las rodillas de las caderas. 

Recuerda el dolor. 

Murmuró al aire sin que nadie la escuchara, no fuera más que para oír una voz, la suya misma repitiendo bocabajo no quiero morir ... no quiero ... aplastada ... sin calcetines ...pensarán que estoy loca ... sin calcetines. Imperdonable ... iba sin calcetines ... en plena borrasca...a quién se le ocurre ... dirán ... siempre dicen algo ... siempre... hablan por hablar... algo ... murmullos ... no quiero morir se dijo ella ...  por decir... murmullos..,


El Chrysler la arrolló primero con la rueda trasera derecha. 
Quien iba al volante solo vio el estrago cuando la atropelló también con la rueda delantera. Era un hombre joven repartidor de la única farmacia en el pueblo perdido en la desembocadura del St.Laurent. Daba alaridos pidiendo ayuda, desesperado, sin saber a quién invocar, qué hacer. 

El vendaval cubrió de blanco gritos y silencios.
Una humedad caliente se iba esparciendo formando surcos profundos alrededor de ella encharcando la blancura
y en la nieve, más roja que nunca brillaba la sangre. 

viernes, 17 de mayo de 2024

Tobogán


Nelson Villagra Garrido





Nelson, esta fotografía la encontré en la librería Rivano calle San Diego cuando recorría de la mañana a la noche las calles de Santiago recién llegados a Chile en 1997. Tú dabas clases de Cine en la escuela de Carlos Flores. Alejandro Goic presentaba La Mirada Oscura de Jorge Díaz con Nelson Villagra y Mateo Iribarren. Yo empezaba con Jaime los ensayos de Rockaby de Beckett y la traducción de L`Amante Anglaise de Marguerite Duras.
Recuerdo ahora el color de los días entonces. Vuelve el estado de alma, la sensación de haber resbalado por un tobogán gigantesco imparable hasta el fin del mundo.
Mis pagos fueron las bibliotecas, las librerías, los teatros, los cines. La pescadería del Mercado Central rebosante de exquisitos mariscos desconocidos hasta entonces. Los Picorocos, placer de dioses, a medio camino entre el percebe y la ostra. Gigantescos mojojones llamados en Chile choro-zapato hacia nuestras delicias. Caminaba horas de horas. Sola. Prefería. Recorría los puentes del Mapocho el barrio Bellavista, la Alameda, Agustinas. En la calle San Diego encontré una tienda de instrumentos musicales. Allí compré para celebrar tu aniversario una guitarra de concierto. Guitarra que robó un taxista canalla volviendo de la sala de ensayo. Me asaltó navaja en mano frente a la Embajada de Francia, a dos pasos de mi casa en Terranova. Se llevó todo,
vestuario, libretos,máscaras. Salvé el tipo por carambola. La matrícula del coche era falsa. El chófer bestial. La navaja afilada. Habías bajado del taxi minutos antes para dar una entrevista ¿recuerdas?
Siempre me ha gustado visitar catedrales, museos, templos vacíos. Las iglesias de Santiago son muy bonitas. Visité casi todas. Bella y austera la de San Francisco. Familiar la de San Ignacio. En la iglesia de Santo Domingo siempre había alguien encendiendo velas y rezando. Olía a incienso. Pocas veces en la vida he rezado tanto.
Sentada en el último banco solía pasar lmucho tiempo . Me abstraía. Buscaba sosiego. Fuera, en la calle, me agobiaba el aire denso el cielo sin nubes de Santiago. Reverbera todavía el murmullo incesante de la ciudad, un rugido sumergido.
Imposible el olvido de aquel niño de apenas cuatro años, frente al Teatro de la Ópera vestido de harapos, descalzo pidiendo limosna con la mano diminuta extendida y los ojos llorosos bajo un sol ardiente. Creí morir. Creí morir. No estaba acostumbrada. Han pasado muchos años desde aquella mirada que recordaré hasta el final de mi vida. Le dí llena de vergüenza lo que tenía que no era mucho. Que era nada. Miseria. Vi a mis hijos en aquella criatura que quise proteger llevarle conmigo y darle un hogar , ternura, amor, protegerle de miserables pesos.
Sentada contra la pared estaba una mujer, su madre y tenía otro bebé en brazos. Recuerdo aquel sol de castigo, la miseria, los transeuntes que pasaban sin indiferentes ajenos a todo. Dios cómo no buscàndote.
Todos los días hacia las tres de la tarde solía encontrarme con Jaime en la sala de ensayo o en su despacho. Tú me esperabas al final del día en nuestra acogedora fortaleza de la calle Terranova casi en la copa de los árboles. Un tiempo suspendido en el tiempo, intensa incomparable vida artística, enorme satisfacción profesional, amadas ausencias esperándonos en el norte norte.
Tu y yo espalda con espalda, en el ambiente de aquel entonces mezquino y poco o nada acogedor.
¿ Recuerdas Nelson?

Esto y mucho más vuelve al sentimiento al contemplar, bienamado, tu rostro.

miércoles, 20 de marzo de 2024

PUNTO DE FUGA El SABOR DE LA FRAMBUESA

Charlie Chaplan





Los vecinos nos han regalado frambuesas de verdad sin cruces de extraños sabores. Son pequeñitas irregulares, dulces, ruborosas, perfuman el pensamiento placer de dioses olvidado. 

 

M et Mme de Valois, así los llamaremos, suman entre los dos ciento setenta y cinco años. Comparten vida, tierra, casa, hogar  desde 1940 aquí mismo a la izquierda del jardín. Tuvieron infinidad de hijos, muchos nietos, biznietos. Como en los cuentos. Ahora otra vez están solos, los novios. 

 

Ella llama a su caballero Val, él sigue mirándola  a los ojos. 

Siguen gustándose. No me extrañaría que a la luz de las velas se dieran apasionados besos y se juraran una vez más amor eterno.

Él es un hombre fuerte de semblante normando antiguo, de espalda ancha no muy alto. Silencioso.

Ella es menuda, coqueta, de manos finas y óvalo gótico su rostro. 

Siempre lleva sombrero.

 

Entre los dos han creado a capricho la huerta más bonita imaginable en medio del jardín, a capricho, donde todo es lo que parece ser. Los tomates, qué alivio, crecen irregulares. En estos tiempos cuando se venden hasta  los suspiros, Monsieur de Valois no vende nada, todo lo da, lo regala. Dice que para eso siembra. Madame de Valois hace mermelada de rubarbo con moras, o de calabaza con fresas según su inspiración. Nos solemos ver a principios de Primavera hasta Noviembre. Ella no sale casi nunca y yo me enclaustro casi siempre. Pero en Octubre después del veranillo de los indios, recogiendo hojas antes del anochecer nos saludamos como corresponde al modo y manera quebecuá mezcla corsaria de desconfianza Mohawk y seda aterciopelada de Versalles.


Aimez-vous les framboises, Madame B?

Énormément, Madame de Valois !

 

De sonrisa en reverencia nos enfrascamos en cuentos de recetas y elixires otoñales casi susurrados por si el viento se llevara con las hojas, caramelizados secretos. Luego al  llegar el frescor de la tarde nos despedimos con la misma ceremonia rastrillo en mano sin haber recogido una sola hoja, ritual de otoño que éste año ha empezado antes con el regalo de las frambuesas. Cualquier día, pronto, les dejaremos al pie del árbol que acaban de plantar una botella del mejor néctar del Maipo.

 

Mme. de Valois se maquilla poco, apenas un rouge. Viste sobriamente. Probablemente ha cumplido a rajatabla con los cánones sociales que imponen cómo y cuándo una mujer debe ir mutando poco a poco en señora. Eso es lo que se ve o lo que se enseña. El otro aspecto, el íntimo, el que importa, casi siempre se lleva oculto. 

 

Mirando a mi vecina pienso en su transformación. En ella empezó por el pelo. Adios cabellera le dijo un día a su hermosa trenza. Escalofriante amputación pensé, qué horror. Mi vecina se fue bajando poco a poco de los tacones se enfundó en pulcros trajes de chaqueta, dejó de mirar a los que la miraban, y empezó a mirarse hacia dentro. Tanto se miró en ella que no se vió más en los ojos de los demás. Jura importarle un bledo. 

Val, el amor de sus amores, sigue sembrando y cosechando frutos y sonrisas en ella. La vida larga de Mme de Valois habrá discurrido dentro de un orden casi perfecto sin mayores sobresaltos. Protegida por la rutina familiar y social, satisfecha,  dentro de la costumbre no alterada de seguir estando donde se ha nacido, sin haber puesto en duda hábitos, creencias, tradiciones. Amistades. Sin haber sentido el dolor de una ausencia, de una despedida.

No habrá necesitado defender casa y hacienda. Ni se habrá sentido ajena a su paisaje ancestral. 

No sabrá lo que significa abandonar la propia raíz profunda. O que te arranquen de ella.

Ni sospechará la atracción mortal del vértigo. Tampoco la temeridad de atreverse a tocar fondo sin saber dónde exactamente se sitúa el punto de apoyo en el abismo y desde su insondable oscuridad  subir, subir, y volver a respirar, y sin saber cómo encontrar en la vulnerabilidad manifiesta el punto de fuga de la propia vida. 

 

Quién sabe si por todo lo no vivido, no sabido, no dudado, no reído o no llorado Mme. de Valois es una mujer feliz. 

Quizá haya preferido quedarse a la sombra de una bella apariencia pienso mientras la miro en medio de rubarbos, grosellas, calabacines, frutos de la pasión. Hoy quiero asomarme furtivamente el tiempo de una semifusa a su huerta escondida.

 

A lo mejor labró caprichosamente su bucólica existencia, o por el contrario atesoró viejas heridas debajo de la armadura, cicatrizadas unas, sangrantes otras, testigos de que existimos en perdurable intento. Huelga las certidumbre.

 

No podrá suponer Madame de Valois que todo lo escrito hasta el punto final me lo ha regalado ella con sus frambuesas, con sus brócolis, con su gesto amistoso pero distante, al más puro estilo Nouvelle France.

 

He entrado en casa ya tarde a escuchar música y escribir. 

La música siempre se apropia del alma y equilibra la respiración. Mi respiración. Las palabras. 

Palabras que vuelan  siendo más conjuro que certeza más misterio que estrofa, más victoria que lamento, más cábala que oración. 

Palabras que encuentran su rima en el sentimiento recóndito  sin resolver o resuelto a jirones. 

Hay un aroma en el aire que recuerda a las endrinas, al muérdago. A la niebla.

Poco se imaginará la vecina de al lado la fuerza expansiva del sabor de la frambuesa mientras a sus ochenta y tantos seguro que ronronea provocadora en brazos de su normando.


Contagiosa Madame de Valois.

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martes, 12 de septiembre de 2023

Dímelo al oído tan solo a mí


 





Ballets de St. Petersburgo





El viento sacude las ramas de arce cerca de las ventanas que perturban el dormir profundo.

Por la ventana semi abierta entra el silencio.

Las imágenes se superponen confusas otras veces claras. El río San Lorenzo arrastra en sus aguas caudalosas hacia la mar los estragos de una borrasca . 

Montreal descubre poco a poco su belleza única de diosa otoñal.

Hojas de mil colores nunca iguales a ningún ayer, bailaran en el aire hasta caer rendidas esperando la protección de la nieve que alimenta la tierra. 
Rosamunda cierra los ojos y se duermo otra vez. Sueña. 

Una niña recién nacida flota en la pleamar del anochecer. 

No hay nadie, únicamente ella y la inmensidad. Ella y el agua. 

Vive en el colegio con las monjas. Desprotegida. 

Algo malo habrá hecho para merecer el castigo. Sin duda algo malo. 


El padre de Rosamunda adoraba a su única hija, sin embargo no la defendió ni dijo nada cuando llegó la hora de sacarla de casa para llevarla muy lejos. Al internado.  Evitaba mirarla. Tuvieron que arrastrarla  escaleras abajo. Se  había agarrado a la barandilla  tan fuerte que sus  dedos enrojecidos  no pudieron resistir  la ira de la madre forcejeando con ella. Suelta de una vez, repetía  frenética, suelta. Obedece. Vete. Fuera decía. Sé dócil y deja el drama. Rosamunda  recuerda todo aún. Quisiera haber olvidado. 

La luz ténue entraba  por las vidrieras de la escalera,  su ansiedad cuando la  madre cerró la puerta. Su mirada acerada. El miedo. El dolor. El abandono. Después el silencio sin resonancia. Entre Pedro Toribio el chófer y su padre la bajaron  hecha un mar de lágrimas y en brazos  al coche envuelta en una manta escocesa de lana roja beige y verde oscuro con ribete de cuero marrón, recuerda. Se acurrucó en el asiento de atrás.  Era una mañana muy fría de Enero. La niebla espesa  pegada al suelo  obligaba a circular despacio por la carretera sin fin de la llanura castellana  adornada de  cipreses. 

Rosamunda miraba con ojos perdidos a su padre que no sabiendo cómo protegerla tarareaba una vieja canción,

"... dímelo al oído tan solo a mí, que nadie te ha querido como yo a ti ".



“ tête à tête “ con Nelson Villagra Garrido para La Revista CineCubano

Nelson Villagra Garrido  ( El Conde ) en  La Última Cena,  de Tomás Gutiérrez-Alea Tomás Gutiérrez-Alea  Nelson Villagra Garrido es chillane...