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foto de bz desde casa en Mundaka
Je t'ai déjà parlé de cela, je crois. Il y a bien des années quand j'étais dans un bar de Mundaca, j’ai vu sur la terrasse deux hommes qui fixaient l'horizon. C'était la fin de l'après-midi. La lumière était riche, bien dorée comme je l'aime. Le visage de ces deux hommes étaient impressionnants. Basanés, les traits taillés aux ciseaux et le regard intense, ils ressemblaient à des statues que la mer aurait érigées. Ils m'ont profondément impressionné.
Dernièrement, leur souvenir m'est revenu en mémoire et j'ai composé ce petit poème un peu sur le modèle de L'Étranger de Baudelaire dans le recueil Le Spleen de Paris. Tu le trouveras à la suite de ce courriel.
Besos y abrazo!
Jean "
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Toi, l'homme aux yeux fixés sur la mer, que cherches-tu du regard? Le retour d'un navire?
-- Non, aucun bateau n’est sorti, aucun ne rentrera.
-- Chercherais-tu les goélands au grand vol?
-- Non, ils ont toujours suivi mon sillage.
-- Le vent a-t-il quelque chose à te dire?
-- Le vent ne parle pas, il souffle.
-- Cherches-tu le temps qu'il fera dans les nuages qui glissent à l'horizon?
-- Non, je n'ai pas besoin de le savoir.
-- Alors quoi, toi qui as le regard fixé sur la mer que regardes-tu?
-- Je regarde ce que mes yeux voient: la mer.
| bz. Desde El balcón de los Piratas. Ondartzape. |
Amanece, la tempestad nos envuelve y el aire susurra secretos olvidados que el viento helado del norte lleva y trae inmiseridorde.
Los pajarillos de pecho rojo o azul vuelven a posarse en las ramas que golpean el cristal del rincón de la escribidora donde las ardillas se sientan ca comer pipas en el quicio del ventanal. La nieve cubre los árboles. Ciega su resplandor. Aniquila. Absorta en el silencio hacen eco en mi los versos de Nelligan; Ah ! comme la neige a neigé ! Ma vitre est un jardin de givre. Ah ! comme la neige a neigé !
Cuando llegué a este Norte tan distinto al mío Québec, los Quebecuá me abrieron las puertas de su casa de par en par. Juntos creamos lealtades hasta hoy desde cuando todo parecía al alcance de la mano. Viví con la sonrisa a flor de labios años de utopías derribando imposibles cuando me creía inmortal, cuando el espejo devolvía la imagen de lo que prefería ver.
Años espléndidos que no les daba mayor importancia.
Este país enamora.
En Otoño la brisa-retro-romántica de mil colores emborracha el aire.
Cientos de etnias pasean por Boulevard St. Laurent.
El mundo entero recorre sus veredas donde nadie ridiculiza a nadie aunque salga una vestido de buzo con escafandra, y los Petronios de la moda tienen por estos lares futuro incierto. Cada cual viste, se peina, calza o se pinta como le da la gana, así, sin más, sin parafernalias.
En ese tiempo cuando mi padre venía a visitarme con frecuencia, cenábamos abordo de barcos magníficos, invitados por Capitanes y tripulaciones vascas de Bilbao, de Mundaka, de Bermeo, de Ondarroa, amigos nuestros. Hablaban siempre en euskera con mi padre.
El fastuoso río San Lorenzo acoge hace siglos marinos y barcos de todo el mundo. En pleno invierno el puerto cierra las esclusas esperando con paciencia el deshielo
Recuerdo tantas noches a bordo de buques de la marina mercante de nuestra tierra, rodeados de hombres de mar , amigos que traían consigo viejas historias.
Te acuerdas Capitán, oh Capitán.
El tiempo ha pasado desde aquella noche cuando a la luz de las velas mi padre y yo cenamos contigo un Pil-Pil histórico de levantar la boina, llenaste de música y de flores tu barco. Estabas casi igual a los recuerdos de otro entonces. Las canas tejían poco a poco el tiempo transcurrido entre la última birbiriketa en la Atalaia. Birbiriketas cuando el amor era un vaivén de entusiasmos y pasiones fugaces. Y los gustos de quita y pon un: te gusto-me gustas, nada más. Ahora corta el aliento tu imponente estampa de capitán.
Risas, entre txakolí y txakolí. En los Txopos.
Qué encuentro aquel encuentro. Esos encuentros. Quién hubiera dicho durante nuestros desembarcos de Madalenas en el puerto de Bermeo, pies descalzos alpargatas al aire, impetuosa pretensión de sentir vibrar la vida, y no importaba morir al saltar a tierra como si fuéramos héroes de Normandía. Así pues nos reencontramos en el mágico guión que Jaime, mi maestro, decía traemos sì o sí debajo del brazo.
Todos. No sé. Ahí queda a la luz de la luna.
Pasada la medianoche mi admirable cómplice, léase my father y yo, regresamos a casa.
Recuerdo la cadencia de la nieve, nevando.
| la fotografía es mía |
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| Ballets Pina Bausch |
No se veía un alma. La tempestad de nieve había hecho estragos inutilizando carreteras sepultando coches, bloqueando la entrada de las casas, paralizando la ciudad.
Fuencisla tuvo la sensación de haber caído atrapada en una de esas bolas de cristal que al agitarlas el paisaje interior no tiene principio ni fin. Hacia poco tiempo que había llegado de parajes verdes donde la mar desafía cualquier belleza imaginable.
Quizá nunca más regresaría.
Ese recuerdo la obsesionaba tanto que aquel día decidió no recordar más. Nunca más. Decidió no volver a escribir a nadie, rompía las cartas sin abrirlas. Decidió cortar de una vez con todo. To cut! Couper ! Abrazar el olvido acallar cualquier vestigio del pasado. La nieve enmudece el eco, congela el llanto. Sepulta. Convenía sumergirse en el sigilo blanco inmaculado.
Perderse.
Mejor rechazar como un mal pensamiento lo que se ha dejado.
No volver nunca más al punto de partida. No mirar atrás.
Lograría sin duda con el tiempo deshacerse de algunas raíces insidiosas que secuestra la memoria.
Esa clase de memoria.
Se levantó de un salto. Horas antes había abortado de repente, sin querer, estaba sola, profundamente sola. Se puso el abrigo, la bufanda, los guantes el sombrero, y las botas sin calcetines. Los calcetines que aprisionan tanto los pies dentro de la bota.
Bajó precipitadamente las escaleras hasta la puerta que estaba bloqueada por la tormenta. No podía abrirla pero tenía que salir. Salir y respirar. El corazón latía a golpes queriendo escapar del pecho. A empujones, a punto de desmayo consiguió tragar a bocanadas el aire. El aire. Sangraba. Se ahogaba.
Siguió camino al hospital en la calle desierta. Enfundada en los jeans negros las manchas delatoras no se verían.
Lloraría después. Quizá más tarde, lloraría.
Mientras avanzaba contra la tempestad un golpe terrible por detrás en la cintura la derribó al suelo. Era un coche retrocediendo en la tormenta. Se arrastró a ciegas apenas unos centímetros tratando de escapar del Chrysler Valiant descapotable que la hubiese partido de no haber sido por un movimiento instintivo y preciso. Grito pero la nieve sofocaba la voz. Las ruedas iban pasando por encima de las piernas de las rodillas de las caderas.
Recuerda el dolor.
Murmuró al aire sin que nadie la escuchara, no fuera más que para oír una voz, la suya misma repitiendo bocabajo no quiero morir ... no quiero ... aplastada ... sin calcetines ...pensarán que estoy loca ... sin calcetines. Imperdonable ... iba sin calcetines ... en plena borrasca...a quién se le ocurre ... dirán ... siempre dicen algo ... siempre... hablan por hablar... algo ... murmullos ... no quiero morir se dijo ella ... por decir... murmullos..,
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| Nelson Villagra Garrido |
Los vecinos nos han regalado frambuesas de verdad sin cruces de extraños sabores. Son pequeñitas irregulares, dulces, ruborosas, perfuman el pensamiento placer de dioses olvidado.
M et Mme de Valois, así los llamaremos, suman entre los dos ciento setenta y cinco años. Comparten vida, tierra, casa, hogar desde 1940 aquí mismo a la izquierda del jardín. Tuvieron infinidad de hijos, muchos nietos, biznietos. Como en los cuentos. Ahora otra vez están solos, los novios.
Ella llama a su caballero Val, él sigue mirándola a los ojos.
Siguen gustándose. No me extrañaría que a la luz de las velas se dieran apasionados besos y se juraran una vez más amor eterno.
Él es un hombre fuerte de semblante normando antiguo, de espalda ancha no muy alto. Silencioso.
Ella es menuda, coqueta, de manos finas y óvalo gótico su rostro.
Siempre lleva sombrero.
Entre los dos han creado a capricho la huerta más bonita imaginable en medio del jardín, a capricho, donde todo es lo que parece ser. Los tomates, qué alivio, crecen irregulares. En estos tiempos cuando se venden hasta los suspiros, Monsieur de Valois no vende nada, todo lo da, lo regala. Dice que para eso siembra. Madame de Valois hace mermelada de rubarbo con moras, o de calabaza con fresas según su inspiración. Nos solemos ver a principios de Primavera hasta Noviembre. Ella no sale casi nunca y yo me enclaustro casi siempre. Pero en Octubre después del veranillo de los indios, recogiendo hojas antes del anochecer nos saludamos como corresponde al modo y manera quebecuá mezcla corsaria de desconfianza Mohawk y seda aterciopelada de Versalles.
Aimez-vous les framboises, Madame B?
Énormément, Madame de Valois !
De sonrisa en reverencia nos enfrascamos en cuentos de recetas y elixires otoñales casi susurrados por si el viento se llevara con las hojas, caramelizados secretos. Luego al llegar el frescor de la tarde nos despedimos con la misma ceremonia rastrillo en mano sin haber recogido una sola hoja, ritual de otoño que éste año ha empezado antes con el regalo de las frambuesas. Cualquier día, pronto, les dejaremos al pie del árbol que acaban de plantar una botella del mejor néctar del Maipo.
Mme. de Valois se maquilla poco, apenas un rouge. Viste sobriamente. Probablemente ha cumplido a rajatabla con los cánones sociales que imponen cómo y cuándo una mujer debe ir mutando poco a poco en señora. Eso es lo que se ve o lo que se enseña. El otro aspecto, el íntimo, el que importa, casi siempre se lleva oculto.
Mirando a mi vecina pienso en su transformación. En ella empezó por el pelo. Adios cabellera le dijo un día a su hermosa trenza. Escalofriante amputación pensé, qué horror. Mi vecina se fue bajando poco a poco de los tacones se enfundó en pulcros trajes de chaqueta, dejó de mirar a los que la miraban, y empezó a mirarse hacia dentro. Tanto se miró en ella que no se vió más en los ojos de los demás. Jura importarle un bledo.
Val, el amor de sus amores, sigue sembrando y cosechando frutos y sonrisas en ella. La vida larga de Mme de Valois habrá discurrido dentro de un orden casi perfecto sin mayores sobresaltos. Protegida por la rutina familiar y social, satisfecha, dentro de la costumbre no alterada de seguir estando donde se ha nacido, sin haber puesto en duda hábitos, creencias, tradiciones. Amistades. Sin haber sentido el dolor de una ausencia, de una despedida.
No habrá necesitado defender casa y hacienda. Ni se habrá sentido ajena a su paisaje ancestral.
No sabrá lo que significa abandonar la propia raíz profunda. O que te arranquen de ella.
Ni sospechará la atracción mortal del vértigo. Tampoco la temeridad de atreverse a tocar fondo sin saber dónde exactamente se sitúa el punto de apoyo en el abismo y desde su insondable oscuridad subir, subir, y volver a respirar, y sin saber cómo encontrar en la vulnerabilidad manifiesta el punto de fuga de la propia vida.
Quién sabe si por todo lo no vivido, no sabido, no dudado, no reído o no llorado Mme. de Valois es una mujer feliz.
Quizá haya preferido quedarse a la sombra de una bella apariencia pienso mientras la miro en medio de rubarbos, grosellas, calabacines, frutos de la pasión. Hoy quiero asomarme furtivamente el tiempo de una semifusa a su huerta escondida.
A lo mejor labró caprichosamente su bucólica existencia, o por el contrario atesoró viejas heridas debajo de la armadura, cicatrizadas unas, sangrantes otras, testigos de que existimos en perdurable intento. Huelga las certidumbre.
No podrá suponer Madame de Valois que todo lo escrito hasta el punto final me lo ha regalado ella con sus frambuesas, con sus brócolis, con su gesto amistoso pero distante, al más puro estilo Nouvelle France.
He entrado en casa ya tarde a escuchar música y escribir.
La música siempre se apropia del alma y equilibra la respiración. Mi respiración. Las palabras.
Palabras que vuelan siendo más conjuro que certeza más misterio que estrofa, más victoria que lamento, más cábala que oración.
Palabras que encuentran su rima en el sentimiento recóndito sin resolver o resuelto a jirones.
Hay un aroma en el aire que recuerda a las endrinas, al muérdago. A la niebla.
Poco se imaginará la vecina de al lado la fuerza expansiva del sabor de la frambuesa mientras a sus ochenta y tantos seguro que ronronea provocadora en brazos de su normando.
Contagiosa Madame de Valois.
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| Ballets de St. Petersburgo |
El viento sacude las ramas de arce cerca de las ventanas que perturban el dormir profundo.
Por la ventana semi abierta entra el silencio.Las imágenes se superponen confusas otras veces claras. El río San Lorenzo arrastra en sus aguas caudalosas hacia la mar los estragos de una borrasca .
Montreal descubre poco a poco su belleza única de diosa otoñal.
Hojas de mil colores nunca iguales a ningún ayer, bailaran en el aire hasta caer rendidas esperando la protección de la nieve que alimenta la tierra.
Rosamunda cierra los ojos y se duermo otra vez. Sueña.
Una niña recién nacida flota en la pleamar del anochecer.
No hay nadie, únicamente ella y la inmensidad. Ella y el agua.
Vive en el colegio con las monjas. Desprotegida.
Algo malo habrá hecho para merecer el castigo. Sin duda algo malo.
El padre de Rosamunda adoraba a su única hija, sin embargo no la defendió ni dijo nada cuando llegó la hora de sacarla de casa para llevarla muy lejos. Al internado. Evitaba mirarla. Tuvieron que arrastrarla escaleras abajo. Se había agarrado a la barandilla tan fuerte que sus dedos enrojecidos no pudieron resistir la ira de la madre forcejeando con ella. Suelta de una vez, repetía frenética, suelta. Obedece. Vete. Fuera decía. Sé dócil y deja el drama. Rosamunda recuerda todo aún. Quisiera haber olvidado.
La luz ténue entraba por las vidrieras de la escalera, su ansiedad cuando la madre cerró la puerta. Su mirada acerada. El miedo. El dolor. El abandono. Después el silencio sin resonancia. Entre Pedro Toribio el chófer y su padre la bajaron hecha un mar de lágrimas y en brazos al coche envuelta en una manta escocesa de lana roja beige y verde oscuro con ribete de cuero marrón, recuerda. Se acurrucó en el asiento de atrás. Era una mañana muy fría de Enero. La niebla espesa pegada al suelo obligaba a circular despacio por la carretera sin fin de la llanura castellana adornada de cipreses.
Rosamunda miraba con ojos perdidos a su padre que no sabiendo cómo protegerla tarareaba una vieja canción,
Nelson Villagra Garrido ( El Conde ) en La Última Cena, de Tomás Gutiérrez-Alea Tomás Gutiérrez-Alea Nelson Villagra Garrido es chillane...