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| de Salvador Dalí |
Péndulo, aléjate de mí y de tu balanceo obsesivo.
Vida, heme aquí, cargada de sentimiento, enamorada, fiel cántaro de horas que llega al final del día y se diluye.
Mañana, al renacer, seré pasado.
Seré imagen desordenada, película sin editar,
cofre de palabras clandestinas, no dichas, atragantadas, temerosas,
zarandeo constante del pensamiento en las profundidades del silencio.
Ese silencio.
Permanece su cadencia,
tránsito apenas perceptible entre lo efímero y lo eterno.
El tiempo se escapa y se precipita.
La eternidad se instala en un cielo azul,
un azul constante que asfixia,
azul sin nubes, desvaído,
azul sin fin, sin compasión, sin amor.
Inmisericorde.
“Bobilongadas”, me digo; aprensiones de saltimbanqui en el trapecio sin red,
cuando, quizá, aprensión no es,
sino desafío del alma,
liturgia solemne.
Qué sé yo.
Reverbero desde los adentros.
Háblame de amo
