domingo, 21 de octubre de 2018
lunes, 30 de abril de 2018
Antoinette en tercera persona
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| Sueño de, Goya |
miércoles, 25 de abril de 2018
Hay días ...
... hay días en que te levantas normal dentro de lo que cabe ... y de repente... todo se tuerce ... piernas... brazos... ideas... y no queda más remedio que improvisar un twist retro-realista para disimular el desconcierto . Henos aquí, mi contrario y yo después de uno de esos días...
martes, 17 de abril de 2018
Eslabón
A veces no es fácil decir lo que se piensa. Escribo y leo y miro y veo mi vano empeño de ir contra las olas como ancla perdida en la tempestad, olvidando que la cadena desprendida del barco puede ser también eslabón.
viernes, 2 de marzo de 2018
La borrasca
Ansío recuperar el ritmo interior.
Las ramas heladas de los arces en el fondo del jardín se agitan en el aire.
Una ardilla esta mirándome .
jueves, 14 de diciembre de 2017
Al compás del miedo
Una vez, hace siglos pareciera, juré que nunca nunca más viajaría en avión. Nunca. Dije, recuerdo, al cabo de mucho leer a Poirot y Agatha Christie que lo mío era el Orient Express. Luego me conformé con Ixabelita Koipesta , nuestro amado tren Gernkika - Bermeo, con parada en Mundaka. Años más tarde aterricé en Londres. Después un larguísimo etcétera. Luego llegué a estos parajes por razones que no vienen a cuento ahota y aquí estoy, aquí, sigo en este país de nieve y distancias lejos de todos los lejos. Aquí donde el aire es una manta de hielo, el tiempo espejo implacable. Un frío sin piedad. Aquí, donde los inviernos aprisionan y los veranos asfixian. Aquí donde nada está a un tiro de piedra.
Hoy he recordado aquel viaje. Y lo que escribí entonces.
Despegar. Volar. Aterrizar.
Aterrizar, llegar a algún lugar. Quizá.
Desde el Balcón de los Piratas, o tal vez desde el Pier de Brighton, he visto a las gaviotas, con su vuelo desesperado y libre, deseando ser una de ellas, deseando abandonar este cuerpo que me pesa. Pero yo estoy aquí, atrapada en una butaca, observando los motores que rugen como bestias al acecho. Y el miedo me consume, me atrapa, me envuelve me asfixia. Aquí en este tubular no se respira con facilidad. Hiperventilo. Cada respiración se convierte en sobresalto. La vida parece alejarse de mí igual que una sombra que huye cuando la busco. Se tensa la espalda empapada en sudor frío. Pido una copa de vino. Bebo, pero no me alivia. Quema la garganta no la zozóbra. El nudo del estómago no se disuelve. El avión no deja de sacudirse, de caer como si estuviese desintegrándose. No pasa nada dice el capitán, son bolsas de aire. Bolsas de aire. Los pasajeros no se inmutan. Fingen que no sienten el mismo pavor que yo siento. Las luces se apagan. La oscuridad se traga el tiempo. Un tiempo sin fin. Qué noche tan larga.
Sigo escribiendo: la respiración entrecortada, la piel caliente, una noche sofocante, piernas entrelazadas, cuerpo a cuerpo, un solo cuerpo. Aquel tango, Cafetín de Buenos Aires, se llamaba …
Empezamos a descender. La luz del amanecer brilla tímida a través de la ventanilla del vecino, poco segura de sí misma. Cierro el cuaderno. Guardo la pluma. Voy al baño. Qué ojerosa estás dice el espejo. Ojeras grandes estilo Anna Magnani, sigue diciendo, como si importara algo la comparación estando donde estoy, entre el cielo y la tierra. Muy distinto a dejarse mecer en el Orient Express de amores y misterio.
El monstruo sigue descendiendo; el miedo. Rezo. A cambio juro al cielo todo , lo que sea.
Al fin rodamos, rodamos, rodamos suavemente por la pista helada. Poco a poco, resbalando. Respirando.
Vuelve la sangre al cuerpo.
Aplausos emocionados.
Montreal marca, -30 grados Celsius.
Bajo por la escalerilla, ingrávida a ritmo de tango enamorado al compás del miedo.
viernes, 8 de diciembre de 2017
I love you William! Te quiero June
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| by Jack Vettriano |
Hoy el pasado en Inglaterra vuelve desde cada uno de mis diarios.
Cuando me fui, llorando debiera decir, creí que nunca volvería a vivir Camelot.
Ahora de vuelta otra vez aquí estoy paseando por los paisajes donde antaño estuve, Strattford-on-Avon.
¡ Wimbledon! cuando vivía allí e iba todos los días al cine, una sala diminuta y cómoda, acogedora, antigua, con palcos. Primero fue teatro.
Presentaba únicamente películas de los mejores autores ingleses.
Sin duda Shakespeare en sesión continua. A veces me acompañaba una amiga de Liverpool. Se llamaba June.
¡June! eternamente enamorada. En esa época estaba loca por Paul McCartney.
Se peinaba como él, imitaba su voz, su mismo acento.
Era una obsesión, una pasión más allá de cualquier expectativa real pero ella que pensaba todo lo contrario se lo tomó a pecho. Tapizó su dormitorio con fotos de Paul.
Yo prefería a George Harrison. Dadas las circunstancias mi elección importaba menos que nada en comparación. Las monjas que dirigían la residencia no nos dejaban salir solas a la noche, de modo que a mí pesar acompañaba a June al London Palladium donde comenzaban a presentarse Cliff Richard and the Shadows, The Rolling Stones, Cilla Black, The Beatles, y empezaban a hacer estragos.
En otro concierto June se puso en trance, lloraba, sollozaba hasta que plaf, caía al suelo semi desmayada, semi-orgásmica, pienso ahora y se mesaba los cabellos repitiendo sin aliento Paul! Paul!
No sabía que hacer con ella, me dio un ataque de risa de esos iimparables. June no merecía esa frivolidad. Quizá fue un ataque de ansiedad al verla poseída de tal manera por el de Liverpool. Después me acostumbré a hiperventilaciones varias, suspiros y lamentos de amor. Una noche volviendo a casa, agitada todavía, después de sus desahogos, le pregunté en mala hora, ¿qué te pone tan fuera de órbita , tan insoportable? por qué vociferas de esa manera June, me sofocas. Quise apaciguarla argumentando que un amor tan quimérico no podría más que hacerla sufrir. Masoquista, June, eso es ser masoquista le dije.
Tenía mucho de lo que carecía yo en el afán de ser, femme fatale. Aunque fuera en broma. .
El precio de la época, de la religión, de la familia, la mía, era no recorrer ese camino escabroso, le gustaba decir a mi madre. Escabroso. Pecaminoso. De perdición. De oprobio.
Oh deshonor entre las piernas de una, situado
Debajo de la gabardina el caballero impasible estaba desnudo luciendo atributos agarrando a dos manos las barandillas de la estrecha escalera. Ya no daba tiempo a escapar, estábamos llegando. Entonces el estrafalario personaje se hizo a un lado y nos dejó pasar sombrero en mano, lanza en ristre. Allí quedó supongo merodeando en busca de alguna víctima más apetitosa que nosotras. Supongo digo porque en la escapada no miramos atrás.
Por esos recuerdos y esas risas te quiero June.
I love you, William!
jueves, 5 de octubre de 2017
Breve cuento inventado
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| Ballets de St. Petersburgo |
Una actriz aspira febril el neopreno impregnado en el yeso de la máscara y no hay tiempo; no hay remedio antes de que suba el telón.
“No dejes que nadie te haga la máscara, de ninguna manera, no dejes que nadie te haga la máscara. Es una trampa”, había dicho James antes de que fuese demasiado tarde.
Era ya demasiado tarde.
Inclementes otras fuerzas intrigan contra esa mujer en parajes remotos. Sombras del mal camufladas entretelones.
No vayas. No vayas, grita el más común de los sentidos.
Imposible ya volver atrás .
A solas con su personaje se arrastra hasta el escenario.
El yeso envenenado abrasa y se pega a la piel como una garrapata quemándola por dentro, quemándo la sangre que inunda todo en su avalancha. Desbordándose.
Telón. Telón.
La saliva. La lengua. Las palabras.
La capa.
La máscara de la muerte sostiene sonriendo una rosa rosa entre los labios.
Canta.
El público aplaude seducido, enamorado de ella.
domingo, 30 de julio de 2017
El canto del grillo
Ahora le cuesta mirar atrás. No quiere. Para qué. Es ejercicio vano. La memoria inclemente guarda todo a su pesar; todo lo que interesa y lo que no interesa, y lo distribuye lo trueca lo elige lo sepulta o lo resucita, lo sumerge, lo encubre, lo esconde, lo manipula, lo deshecha lo machaca lo transforma.
Sabe que debe volver al espanto de la oscuridad en el cuarto húmedo en pleno monte. Debe volver, recordar. Decir.
Te estás portando muy mal . Dijo que era desobediente, rebelde y descarada, que merecía un castigo.
Entonces abrió la puerta del depósito donde estaban las máquinas que pompeaban el agua donde se lavaba el mineral y la empujó dentro.
El techo estaba plagado de arañas. Una masa compacta era. Algunas paseaban por las paredes acercándose. Arañas oscuras de patas largas, “Daddy Long-Legs”, dicen los ingleses con cariño.
Nadie sabría qué había pasado allí. Nadie. No quedaría rastro.
ELLA quiso llorar y no le salían las lágrimas, quiso gritar pero había enmudecido, llamaba a su padre y las palabras se ahogaban en la boca. Sordas.
El tiempo se detuvo y quedó estancado. Suspendido.
“ tête à tête “ con Nelson Villagra Garrido para La Revista CineCubano
Nelson Villagra Garrido ( El Conde ) en La Última Cena, de Tomás Gutiérrez-Alea Tomás Gutiérrez-Alea Nelson Villagra Garrido es chillane...
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