domingo, 21 de octubre de 2018

Furtivas sombras

de la red


Furtivas sombras despiertan  desasosiegos  que no quiere recordar la memoria. No escondas lo que recuerdas, dicen,  no dejes atrás voces silenciadas, palabras sin digerir, momentos.  Vomita. Vomita. No sirven.  Suelta lastre. Al borde del sueño esta noche dormiré tranquila con mi alma misma.

lunes, 30 de abril de 2018

Antoinette en tercera persona


Sueño de, Goya



No quería oír los bandazos de su corazón hasta que una noche o quizá fuera una madrugada Antoinette abrió los ojos a las tres como si hubiese soñado que dormía. Los cristales del ventanal reflejaban el resplandor azulado de la nieve. El frío intenso llenaba la oscuridad.
La vena azul, herencia de familia, tan escandalosa y visible en la sien izquierda, amenazaba con desbordarse sin remedio. Mancharía de sangre la almohada, se esparciría en su pensamiento íntimo, semejante a la palabra que escapa de la boca y no puede volver al silencio.
Rara vez disfrutaba de sueños apacibles como cuenta la gente normal o los que mienten. Las pesadillas habitaban el hemisferio derecho intuitivo, holístico, no racional en ella.
Una nube pequeña lejana y frágil en apariencia, transitoria en el cielo azul, se iba agrandando a medida que bajaba hasta convertirse en masa densa, densa, que se precipitaba poseyéndola, asfixiándola. Así despertaba con el corazón agitado a punto de ser engullida. 

Desde entonces Antoinette prefiere recordar en tercera persona.

miércoles, 25 de abril de 2018

Hay días ...


... hay días en que te levantas normal dentro de lo que cabe ... y de repente... todo se tuerce ... piernas... brazos... ideas... y no queda más remedio que improvisar un twist retro-realista para disimular el desconcierto . Henos aquí, mi contrario  y yo después de uno de esos días...
Salut les enfants! 
B N desde el palco

martes, 17 de abril de 2018

Eslabón






Preguntas FB en qué estoy pensando. 

A veces no es fácil  decir lo que se piensa. Escribo y leo y miro y veo mi vano empeño de ir contra las olas como  ancla perdida en la tempestad, olvidando que la cadena desprendida del barco puede ser también eslabón. 

En eso pienso en este momento, tentador FB,  sirva para lo que sirva,  si de algo te sirviera



viernes, 2 de marzo de 2018

La borrasca



Me ha costado regresar desde donde temía no volver; un lugar donde parecía que se había detenido el tiempo.

Ansío recuperar  el  ritmo interior.  
La fuerza de la tormenta  arrastra inclemencias, limpia el  pensamiento alterado.
El vendaval de agua y nieve sacude frente al ventanal las lilas  que se cimbrean hasta el suelo acunadas por la borrasca.
Las ramas heladas de los arces en el fondo del jardín se agitan en el aire.

Una ardilla esta mirándome . 


jueves, 14 de diciembre de 2017

Al compás del miedo

 
de la red. Tango

Una vez, hace siglos pareciera,  juré que nunca nunca más viajaría en avión. Nunca.  Dije, recuerdo, al cabo de mucho leer a Poirot y Agatha Christie que lo mío era el Orient Express. Luego me conformé con Ixabelita Koipesta , nuestro amado tren Gernkika - Bermeo, con parada en Mundaka. Años más tarde  aterricé en Londres. Después un larguísimo etcétera. Luego llegué a estos parajes por razones que no vienen a cuento ahota y aquí estoy, aquí, sigo en este país de nieve y distancias lejos de todos los lejos. Aquí donde el aire es una manta de hielo, el  tiempo espejo implacable.  Un frío sin piedad. Aquí, donde los inviernos aprisionan y los veranos asfixian. Aquí donde nada está a un tiro de piedra. 

Hoy he recordado aquel viaje. Y lo que escribí entonces. 

Despegar. Volar. Aterrizar. 

Aterrizar, llegar a algún lugar. Quizá.

Desde el Balcón de los Piratas, o tal vez desde el Pier de Brighton, he visto a las gaviotas, con su vuelo desesperado y libre, deseando ser una de ellas, deseando abandonar este cuerpo que me pesa. Pero yo estoy aquí, atrapada en una butaca, observando los motores que rugen como bestias al acecho. Y el miedo me consume, me atrapa, me envuelve me asfixia. Aquí en este tubular  no se respira  con facilidad. Hiperventilo. Cada respiración se convierte en sobresalto. La vida parece alejarse de mí  igual que una sombra que huye cuando la busco. Se tensa la espalda empapada en sudor frío. Pido una copa de  vino. Bebo, pero no me alivia. Quema  la garganta no la zozóbra. El nudo del estómago no se disuelve. El avión no deja de sacudirse, de caer como si estuviese desintegrándose.  No pasa nada dice el capitán, son bolsas de aire. Bolsas de aire. Los pasajeros no se inmutan.  Fingen que no sienten el mismo pavor que yo siento. Las luces se apagan. La oscuridad se traga el tiempo. Un tiempo sin fin.  Qué noche tan larga. 

Sigo escribiendo: la respiración entrecortada, la piel caliente,  una noche sofocante,  piernas entrelazadas, cuerpo a cuerpo, un solo cuerpo. Aquel tango, Cafetín de Buenos Aires, se llamaba … 

Empezamos a descender. La luz del amanecer  brilla tímida a través de la ventanilla del vecino, poco segura de sí misma. Cierro el cuaderno. Guardo la pluma. Voy al baño. Qué ojerosa estás dice el espejo. Ojeras grandes estilo Anna Magnani, sigue diciendo,  como si importara algo la comparación estando  donde estoy, entre el cielo y la tierra. Muy distinto a  dejarse mecer en el Orient Express  de amores y misterio.

El monstruo sigue descendiendo; el miedo. Rezo. A cambio juro al cielo todo , lo que sea.  

Al fin rodamos, rodamos, rodamos suavemente por la pista helada. Poco a poco, resbalando.  Respirando. 

Vuelve la sangre al cuerpo. 

Aplausos emocionados. 

Montreal marca,   -30 grados Celsius.

Bajo por la escalerilla, ingrávida a ritmo de  tango enamorado al compás del miedo. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

I love you William! Te quiero June

by Jack Vettriano


Hoy el pasado en Inglaterra vuelve desde cada uno de  mis diarios.
Cuando me fui, llorando debiera decir, creí que nunca volvería a vivir Camelot.
Ahora de vuelta  otra vez aquí estoy paseando por los paisajes donde antaño estuve,  Strattford-on-Avon. 

¡ Wimbledon!  cuando vivía allí e  iba todos los días al cine, una sala diminuta y cómoda, acogedora, antigua, con palcos.  Primero fue teatro.
Presentaba únicamente películas de los mejores autores ingleses. 

Sin duda Shakespeare en sesión continua.  A veces me acompañaba una amiga de Liverpool. Se llamaba June. 
¡June! eternamente enamorada. En esa época estaba loca por Paul McCartney.
Se peinaba como él, imitaba su voz,  su mismo acento.
Era una obsesión, una pasión más allá de cualquier expectativa real pero ella que pensaba todo lo contrario se lo tomó  a pecho. Tapizó su dormitorio con fotos de Paul. 

Yo prefería a George Harrison. Dadas las circunstancias mi elección importaba menos que nada en comparación.  Las monjas que dirigían la residencia no nos dejaban salir solas a la noche,  de modo que a mí pesar acompañaba a  June al London Palladium donde comenzaban a presentarse Cliff Richard and the Shadows, The Rolling Stones, Cilla Black, The Beatles, y  empezaban a hacer estragos. 
Juraba mi amiga que Paul nos habría distinguido desde el escenario entre cientos y cientos de admiradoras. Juraba June que había un beso para ella, mirándola. Segura estoy de su wishfull thinking.
En otro  concierto June se puso en trance, lloraba, sollozaba hasta que  plaf, caía al suelo semi desmayada, semi-orgásmica, pienso ahora y se mesaba los cabellos repitiendo sin aliento Paul! Paul!  

No sabía que hacer con ella, me dio un ataque de risa de esos iimparables. June  no merecía esa frivolidad.  Quizá fue un ataque de ansiedad al verla poseída de tal manera por el de Liverpool. Después me acostumbré a hiperventilaciones varias, suspiros y lamentos de amor. Una noche volviendo a casa, agitada todavía, después de sus desahogos, le pregunté en mala hora, ¿qué te pone tan fuera de órbita , tan insoportable? por qué vociferas  de esa manera June, me sofocas. Quise apaciguarla argumentando que un amor tan quimérico no podría más que hacerla sufrir. Masoquista, June, eso es ser masoquista le dije.   
Y le sentó a cuerno. Me acusó de fría, de insensible de frígida. Bobilongadas dije por lo bajo. Quizaá June tuviese razón. A fin de cuentas qué sabía yo de mí misma con certeza que no fuera mi nombre. 
Saberlo no podría, aunque quisiera, hasta dentro de mucho, mucho tiempo por tradición y costumbre. Por religión  y creencias. Hasta la Santidad del Matrimonio, que decían. Quizá. O quizá nunca en auqellos tiempos de castidades impuestas a machamartillo. Como les pasó a tantas mujeres  antes que yo  
 Saber, significaba haber pensado, haber imaginado, haber deseado haber probado. Y por lo tanto haber pecado. Pecado mortal contra el sexto Mandamiento. Y contra la familia. Y contra las buenas costumbres .Contra  corriente , congtra todo. Es decir confesionario, grave ofensa a Dios, vergüenza. Alma atormentada escrita en la frente. Escrúpulos de conciencia.
June era en ese sentido el polo opuesto,  el colmo de la modernidad. 
Tenía mucho de lo que carecía yo en el afán de ser,  femme fatale. Aunque fuera en broma. . 
El precio de la época, de la religión, de la familia, la mía, era no recorrer ese  camino escabroso, le gustaba decir a mi madre. Escabroso. Pecaminoso. De perdición. De oprobio. 
Oh deshonor entre las piernas de una, situado
Para colmo aquella noche del concierto después del rifirrafe con June al tomar el metro hacia Wimbledon, topamos con la gota que desbordó el vaso. Era tarde. Bajábamos las escaleras mecánicas interminables al andén que nos correspondía. Al final de la cinta mecánica un hombre con gabardina y sombrero estaba plantado, quieto, demasiado quieto para cosa buena y me entró el miedo. Iba la primera de la fila así que dí la vuelta y empecé a subir rápida por la correa que bajaba, tarea difícil ccn piernas como de trapo, con el corazón agitado.  Y encima de morros con June. 
Debajo de la gabardina el caballero impasible estaba desnudo luciendo atributos agarrando a dos manos las barandillas de la estrecha escalera. Ya no daba tiempo a escapar, estábamos llegando. Entonces el estrafalario personaje se hizo a un lado y nos dejó pasar sombrero en mano, lanza en ristre. Allí quedó supongo merodeando en busca de alguna víctima más apetitosa que nosotras. Supongo digo porque en la escapada no miramos atrás.


Nunca más acompañé a June al London Palladium. Ni ella a mí al cine. Llegamos muy cabreadas las dos a la residencia. Muy. La mala uva duró un tiempo hasta que ella se aburrió de amores improbables con Paul, y las dos nos cansamos de estar de morros. Era salerosa y buena. Me perdonó el ataque de risa y el desaire de no haber llegado al extásis con "I want to hold your hand… I want to hold your hand …" 

Por esos recuerdos y esas risas  te quiero June. 
A la luz de las velas en la quietud de Stratford-on-Avon, hoy el tiempo no tiene edad. 
Esta noche mi amado y yo hemos cenado con el autor de Romeo y Julieta

I love you, William! 

jueves, 5 de octubre de 2017

Breve cuento inventado

Ballets de St. Petersburgo
Bal






Una actriz aspira febril el neopreno impregnado en el yeso de la máscara y no hay tiempo; no hay remedio antes de que suba el telón.
No dejes que nadie te haga la máscara, de ninguna manera, no dejes que nadie te haga la máscara. Es una trampa”, había dicho James antes de que fuese demasiado tarde. 

Era ya demasiado tarde.
Inclementes otras fuerzas intrigan contra  esa mujer en parajes remotos. Sombras del mal camufladas entretelones. 

No vayas. No vayas, grita el más común de los sentidos.
Imposible ya volver atrás .
A solas con su personaje se arrastra hasta el escenario. 
El yeso envenenado abrasa y se pega a la piel como una garrapata quemándola por dentro,  quemándo la sangre que inunda todo en su avalancha. Desbordándose.  


Telón. Telón. 


La saliva. La lengua. Las palabras. 

La capa.
La máscara de la muerte sostiene  sonriendo una rosa rosa entre los labios.

Canta.
El público aplaude seducido, enamorado de ella.


 

  

domingo, 30 de julio de 2017

El canto del grillo

 
Peter Vilhelm





ELLA  prefiere olvidar el momento en que comenzó su vida. No quiere volver al inicio, contar lo imposible. Contar el principio  de su principio. A veces dice que recuerda vívidamente el embarazo de su madre. Recuerda  cuando habitaba su vientre inhóspito,  cuando se debatía por volver atrás, por no existir, regresar a la nada; o por deshacerse de aquel cordón que la asfixiaba . Nacer si no quedaba otro remedio. 

Ahora le cuesta mirar atrás. No quiere. Para qué. Es ejercicio vano. La memoria inclemente guarda todo a su pesar; todo lo que interesa y lo que no interesa, y lo distribuye lo trueca lo elige lo sepulta o lo resucita, lo sumerge,  lo encubre,  lo esconde, lo manipula, lo deshecha lo machaca lo transforma. 
Espectros de niebla espesa forjan barricadas, se amontonan, son retazos inconexos. Retazos. Interrogantes. Presagios. No le interesa remediar el rompecabezas. El daño está hecho y no hay vuelta.
Sabe que debe volver al espanto de la oscuridad en el  cuarto húmedo en pleno monte. Debe volver,  recordar. Decir. 

ELLA estaba cerca de un depósito de agua sentada en la hierba ,jugando con los grillos, hasta que Diosdado, el secretario de su padre, la tomó de la mano de malas manefras, estrujándola, arrastrándola. 
Te estás portando muy mal Dijo que era desobediente, rebelde y descarada, que merecía un castigo. 
Entonces  abrió la puerta del depósito donde estaban las máquinas que pompeaban el agua donde se lavaba el mineral y la empujó dentro.

Era un cuarto pequeño y cuadrado de techo bajo. 
El techo estaba  plagado de arañas. Una masa compacta era. Algunas paseaban por las paredes acercándose. Arañas oscuras de patas largas,  “Daddy Long-Legs”, dicen los ingleses con cariño.  
Las arañas la atraparían en sus babosas redes y la engullirían. 
Nadie sabría qué había pasado allí. Nadie. No quedaría rastro.
El secretario cerró la puerta con pestillo y se rió. Una risa histérica de muñeco de barraca. 
Cuando se reía daba pataditas en el suelo juntaba las rodillas y se agarraba la bragueta. 

ELLA  quiso llorar y no le salían las lágrimas, quiso gritar pero había enmudecido, llamaba a su padre y las palabras se ahogaban en la boca. Sordas. 
Boca arriba estampada contra el suelo trataba de respirar pero el aire se quedaba en la superficie mientras bajaban las arañas.

El tiempo se detuvo y quedó  estancado. Suspendido. 

Lo que sigue se lo contó su padre años después, muchos años después. 

"¡Oxígeno! ¡no le quiten la mascarilla! ¡ Oxígeno! hay que avisar a los padres Sr. Secretario ", decían los mineros, hemos encontrado a la niña en el depósito de agua ... con la puerta trancada ... y las arañas  rondándola ... un hervidero ... la humedad... Aquello no era llanto Sr. Secretario ...  no era llanto ,,, era un interminable gemido ... eso era ... horroroso gemido ...  se ha desmayado... hemos hecho lo que se ha podido ... Don Julián el médico viene en camino ... apenas respira ".

Fuera del depósito de agua  donde la niña jugaba, cantaban los grillos.


“ tête à tête “ con Nelson Villagra Garrido para La Revista CineCubano

Nelson Villagra Garrido  ( El Conde ) en  La Última Cena,  de Tomás Gutiérrez-Alea Tomás Gutiérrez-Alea  Nelson Villagra Garrido es chillane...