viernes, 21 de febrero de 2020
Ornella Ramona Flor y el viento
viernes, 22 de noviembre de 2019
La memoria en la nieve
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| collage mío |
Desde donde escribo he visto que el camino hasta el lago y las ardillas se han engalanados de blanco.
Ningún sonido, ninguna huella tan sólo un resplandor en la oscuridad creciente del anochecer.
Por estas fechas a punto de invierno suelo contemplar cómo cae la nieve y vuelve con ella la alegría perdida con la última hoja de Otoño que arrastra el viento del Norte.
La nieve llena sin esfuerzo la memoria de lo peor y de lo mejor vivido aquí lejos de mis raíces, lejos de lo que creía imprescindible para respirar, lejos de costumbres y creencias, lejos de todo. Lejos de mí misma muchas veces tuve miedo de morir de ausencia. Era muy joven demasiado vulnerable, presa fácil de los depredadores, de la vida y sus circunstancias en este norte. No me daba cuenta de que cuanto más abriese las alas mejor era. No sabía que podía ser a la vez ancla y eslabón, que tenía derecho a dormir en paz con mi alma. Que no olvidando de dónde venía no importaba tanto dónde estaba. O dónde iba.
En este momento, el presente esquivo, será pasado ya antes del punto.
Con la primera tempestad este país una vez más vibra en mí como vibran cuerdas bien templadas del arpa.
Este sigilo, este modo de ser este frío salvaje, de llorar a veces, va seduciendo poco a poco doblegando resistencias. Avalancha desbordada, incomparable esplendor.
Mon pays ce n'est pas un pays c'est l'hiver ! Mon jardin ce n´est pas un jardín c´est la plaine, escribe y canta Gilles Vigneault.
Et je me souviens encore une fois.
viernes, 1 de noviembre de 2019
Crisanta en la repentina ingravidez del vacío
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| imagen de la red, sin nombre |
Desde la repentina ingravidez del vacío Crisanta no podía olvidar las últimas palabras de su compañero de viaje cuando abrazándose entre besos susurraba mujer de mi vida mujer de mi vida no te vayas quédate conmigo siempre, repetía tratando de retenerla antes de que escapase del abrazo al andén, antes de que desapareciera tras las puertas giratorias en el último instante.
Pasajeros casuales del lujoso y exclusivo vagón-cama cruzaron juntos medio continente a puerta cerrada cuando el tiempo se detiene, no cuenta, no importa, cuando se alborota el alma se vacía el silencio, cuando se entra en la profundidad íntima, en lo sagrado. Mujer de mi vida murmuraba Crisanta en voz baja, eso ha dicho. Mujer de mi vida.
Conocía a ciegas la estación tantas veces transitada, las tiendas, las cafeterías, los bares y librerías, sin embargo no podía apartar la vista clavada en el viejo reloj que marcaba tajante el compás de las horas. Gente que iba y venía apresurada, el murmullo de fondo constante, los altavoces anunciando llegadas y salidas de trenes. Ruido.
Crisanta estaba en otra dimensión. Extrañaría sus manos acariciándola, su apasionada ternura, la voz de ese hombre. Todo. Perdida entre la muchedumbre se aferró a lo vivido, a lo hallado al fin y perdido. Punzante recuerdo, huella indeleble. Dolor. Nunca más vibraría con otra sonrisa de no ser la del viajero de noche y su estremecedora pasión, su nobleza.
No podría olvidar. Cerró los ojos un momento. No podría olvidarle. Se había hecho tarde.
El aguacero arreciaba y la noche de otoño invernal se echaba encima a pasos agigantados. Antes de llegar a casa tenía que recorrer el camino de curvas sin fin de los acantilados envueltos en sombras y bruma.
Absorta en sus pensamientos y temores bajó las escaleras mecánicas hasta la primera planta del estacionamiento. Una ráfaga de viento helado le azotó el rostro. Apresuró el paso hacia el diminuto Cooper blanco y negro llamado Sam por Louis Armstrong en Casablanca. Sam ejercía de paño de lágrimas era su refugio en él confiaba alegrías y quebrantos testigo fiel de sobresaltos la aceptaba tal cual sin reparo sin exigencia sin reproches. Sin más. Cerró las puertas del coche con seguro se ajustó el cinturón puso en marcha el motor la música, encendió otro cigarrillo, aspiró despacio hasta el fondo el humo, y emprendió el viaje a casa.
La voz del ausente reverberaba al borde de la última encrucijada.
Latían golpeando el pecho, suspendidas en el vértigo, sus palabras, mujer amada, la eternidad contigo.
Había llegado a casa.
viernes, 27 de septiembre de 2019
Ceniza de rojo encendido
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| by Alexander MacQueen |
No seas meritoria
Esta tarde cuando los dedos ya no acertaban a encontrarse con las teclas y los ojos no daban más de sí frente al ordenador y las cervicales andaban a la virulé, se me ha ocurrido ver las noticias. He revisado los canales de este norte, norte, enterarme qué pasa por mi planeta preferido que sigue dando vueltas, vueltas y vueltas.
Peligrosamente vueltas.
Quién me mandará. He visto justo un fragmento donde algunos presos explicaban que estan en la cárcel purgando penas en total desmesura con relación al delito.
Pedían ayuda, misericordia por robos menores de comida o ropa en algún gran almacén.
La nada misma en comparación. Una mujer hecha cisco había acuchillado en defensa propia a quien la vendía a perrilla la tirada, al mejor postor. Acto seguido han entrado en pantalla sentando cátedra. Sabihondos y sabihondas que no callan nunca. Nunca. Pontifican, apostrofan se rasgan espada en mano togas y vestiduras. Reparten estocadas en nombre de verdades hiperbólicas, realidades alternativas proclaman. Y por supuesto en nombre de Dios, perejilillo de todas las salsas que no se libra de una.
Total que para llegar al final de las noticias hacen falta tragaderas.
Entonces qué. Entonces nada. Qué te importa. Lo tienes fácil. Telecomando. Pausa. Stop. Corte radical al alcance de la mano. Y ya está. Ya está. No pasa nada hay que dejar que los perros ladren.
Abogada de causas perdidas Mother diría. No seas meritoria.
Corta. Apaga. Cut ! Cut !
Apaga.
lunes, 9 de septiembre de 2019
Un aroma de brezo
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| de Vogue |
Estaré esperando a la salida del teatro, dijo, en un Austin verde oscuro, no te detengas pero no corras, sospechan. Volé a su encuentro. Sólo yo nadie más sabía por qué.
Tantas veces deseado. Él no. Él no. Impensable. Peligroso.
Se había decretado Estado de Sitio en aquellos lares.
Me abrazaría como previsto, simulando amor apasionado.
Era lo único que importaba. Jugar a ser convincente. No titubear. No dudar. Sentir. Cumplimos a rajatabla como si la vida se nos fuera en la verdad de un beso interminable.
Después, galante, me abrió la puerta y en el asiento, a su lado, había un ramillete de Brezo.
Su aroma.
jueves, 22 de agosto de 2019
From The Pier in Brighton
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| Roaring wave from The Pier. |
martes, 6 de agosto de 2019
Otro día hablaré de ella
viernes, 28 de junio de 2019
Las pecaminosas carnes
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| de, Hugo Joseph von Habermann |
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