viernes, 21 de febrero de 2020

Ornella Ramona Flor y el viento

Cielos de Punta Arenas, la fotografía es mía 



Hace tiempo cuando Nelson filmó Tierra del Fuego en el sur de Chile fui con él.
Vivimos tres meses en Punta Arenas. Es un recuerdo feliz. A veces iba a la filmación. Lo pasábamos literalmente de película en el carromato de actores. Conocí a la actriz italiana Ornella Mutti tan guapa o más a cara lavada que en el cine. Tenía una roulotte aparte que compartía con su maquillador-peluquero-confidente-paño de lágrimas-guardaespaldas, italiano. Antes de rodar le preguntaba si estaba bonita y él respondía entusiasmado
Oh! ... lo sei molto bella ... bella, bella... bellíssima ! Ornella entonces salía confiada al set.
Al principio en Punta Arenas me dediqué a vagar por calles, callejas, mercados, librerias, iglesias, múseo, recorría los diques contemplaba horas muertas las nubes las mareas, el color del Pacífico tan distinto al Atlántico que habita la retina y el sentimiento.
Me gustaba ver llegar los botes cargados de mariscos exquisitos y remotos, de mejillones grandes, enormes como katiuskas, (choros-zapatos dicen los chilenos). Los picorocos, crustáceo afrodisíaco entre ostra y percebe vive incrustado en las peñas, es delicia de delicias i(Austromegabalanus psittacus) 
Punta Arenas es otro mundo
En Santiago el frenesí cotidiano, la contaminación ambiente en constante ebullición, agobia.Agota. Deprime. Molesta. Enferma . Vivir tres meses al sur del sur fue un regalo. Hice buenas migas con la dueña de los chalets que la coproducción de la película había contratado para los actores. Estaban situados en un promontorio con vistas magníficas al Estrecho de Magallanes.
Flor, así la llamaremos, se ocupaba del negocio inmobiliario del que eran propietarios ella y su marido. No tenían hijos. Nos caímos bien. Hablábamos horas largas que se hacían cortas. 
Flor era una mujer graciosa y entretenida. Sabía de memoria los entretelones de Punta Arenas. Contaba aventuras pícaras que nacían de noche y morían al alba. Ventilaba trapillos, sigilos dormidos en el desván. Patricio, su marido, Pato decía ella, trabaja en Isla de Pascua y cada tres semanas regresaba a verla.
De no haber sido por Flor unca hubiera sospechado las mil caras de aquella placidez aparente ni vivido momentos de opereta con su amiga de toda una vida, la insuperable Ramona. Tenían un gato de angora celoso y presumido llamado Othelo que vigilaba encaramado en el ventanal del salón. Era el único miembro de la familia sin diminutivo.Una noche de vendaval Flor hizo empanadas de centolla para las dos, y qué delicia. Gula. Eso era gula. Comimos y bebimos a placer; en eso estábamos cuando apareció pálida como un espectro y calada hasta los huesos, Ramona.
¡Ramona! exclamó Flor.
¡Ramona! exclamé yo.
Enseguida vuelvo dijo tiritando. Subió rápida al segundo piso. Minutos más tarde reapareció envuelta en la bata de baño de Flor y una toalla a modo de turbante en la cabeza. Descalza y perfumada bajó las escaleras a lo Gloria Swanson.
Ramona era un poema. Se tumbó en el sillón encendió el sempiterno cigarrillo luego con los ojos entornados contó con lujo de detalles cómo se había metido en un lío mayúsculo, delirante, estúpido y pueril de bochornosas consecuencias seguramente. A lo tonto chicas... ha sido a lo tonto... en pleno dia ... después de almorzar... paseando por los diques, atraída por el vaivén de las olas desde las barandillas he visto que un hombre también miraba , me miraba con homérico fervor. Sonrió y le sonreí, por esas cosas de la vanidad.
Soy Juan Luis de la Fuente, dijo, dándome la mano, mucho gusto .
Y yo Ramona Sewell.
Sewell es un apellido inglés.
Claro. Chile es así, un país múltiple.
Estoy de paso por aquí, mañana regreso a Madrid, dijo.
Así hablando hablando como si nos conociéramos de siempre, pienso ahora, me invitó a comer. Dije que no que imposible que agradecía la invitación que ya había almorzado. A cambio en plan patriotero presumiendo de país propuse ir a dar una vuelta hasta la caleta donde el cielo cambiante está al alcance de la mano y se refleja en el Pacífico como en un espejo.
Encantado Ramona todo tuyo respondió,  y nos reímos.
Flor y yo mientras esto contaba nuestra amiga bebíamos y bebíamos fumando sin parar.
Cuento corto, prosiguió ella, hicimos el camino en elocuente silencio su mano izquierda inquieta, sofocada yo. No había nadie en la playa aparcamos cerca de la orilla. Él dijo, me gustan tus labios pulposos sus manos entre mis piernas, su sonrisa.  Maquiavelo. De caricia en caricia de beso en beso de suspiro en suspiro revoloteó la ropa. Así hora tras hora pasaron muchas horas, tantas que había anochecido cuando nos dimos cuenta de que la marea subiendo cubría ahora parte de las ruedas. Tratamos de salir pero  imposible. El agua había llegado a media puerta. El motor renqueaba. Hemos salido a duras penas por la ventana medio nadando medio chapoteando hasta la playa. Ni alma. Faltaba poco para la pleamar. Nos miramos como perfectos extraños que éramos, como si del encuentro en alto voltaje sólo quedara la sensación de vacío ... nada más ... el vacío... 

Después, cada uno por su lado, haciendo dedo hemos llegado a Punta Arenas. Supongo que Juan Luis, si ese fuera su verdadero nombre, habrá ido al hotel. Qué tarde tan larga, estoy agotada. Mañana será otro día.
Y Ramona se quedó dormida.
De noche, El Pacífico de plata en la caleta reflejaba la espuma de las olas que rompian salvajes contra la playa sepultando el coche por completo. Coche y pasiónes súbitas que arrastraron el agua y el vendaval.
En cuanto a mí, he dejado fuera de pentagrama, la nota desafinada de aquel viaje inolvidable a Punta Arenas.
Fue el Do de pecho a cargo de un actor nazi, feo con ganas y con la swastika estampada en el alma. Llegó de allende los mares en la mala hora. Tenía mirada fangosa. Al día siguiente comenzaba la filmación. Dadas las circunstancias me levanté de la mesa de juego preferí el silencio. Hoy también callaré su nombre. 

Ornella, Ramona, Flor, cielos de Punta Arenas ....  Centollas paradisíacas a media noche con Nelson, dejaron en mí burbujeantes vehemencias.

viernes, 22 de noviembre de 2019

La memoria en la nieve

collage mío




Desde donde escribo he visto que el camino hasta el lago y las ardillas se han engalanados de blanco.

Ningún sonido, ninguna huella tan sólo un resplandor en la oscuridad creciente del anochecer.

Por estas fechas a punto de invierno suelo contemplar cómo cae la nieve y  vuelve con ella la alegría perdida con la última hoja de Otoño que arrastra el viento del Norte. 

La nieve llena sin esfuerzo la memoria de lo peor y de lo mejor vivido aquí lejos de mis raíces, lejos de lo que creía imprescindible para respirar, lejos de costumbres y creencias, lejos de todo. Lejos de mí misma muchas veces tuve miedo de morir de ausencia. Era muy joven demasiado vulnerable, presa fácil de los depredadores, de la vida y sus circunstancias en este norte.   No me daba cuenta  de que cuanto más abriese las alas mejor era. No sabía que podía ser a la vez ancla y eslabón, que tenía derecho a dormir en paz con mi alma. Que no olvidando  de dónde venía no importaba tanto dónde estaba. O dónde iba. 


En este momento, el presente esquivo, será pasado ya antes del punto.

Con la primera tempestad  este país una vez más vibra en mí como vibran cuerdas bien templadas del arpa.

Este sigilo, este modo de ser este frío salvaje, de llorar a veces, va seduciendo poco a poco doblegando resistencias. Avalancha desbordada,  incomparable esplendor.

 

Mon pays ce n'est pas un pays c'est l'hiver ! Mon jardin ce n´est pas un jardín c´est la plaine,  escribe y canta Gilles Vigneault.

 


Et je me souviens encore une fois.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Crisanta en la repentina ingravidez del vacío

imagen de la red,  sin nombre




Desde la repentina ingravidez del vacío Crisanta no podía olvidar las últimas palabras de su compañero de viaje cuando abrazándose entre besos susurraba mujer de mi vida mujer de mi vida no te vayas quédate conmigo siempre, repetía tratando de retenerla antes de que escapase del abrazo al andén, antes de que desapareciera tras las puertas giratorias en el último instante. 

Pasajeros casuales del lujoso y exclusivo vagón-cama cruzaron juntos medio continente a puerta cerrada cuando el tiempo se detiene, no cuenta, no importa, cuando se alborota el alma se vacía el  silencio, cuando se entra en la profundidad íntima, en lo sagrado. Mujer de mi vida murmuraba Crisanta en voz baja, eso ha dicho. Mujer de mi vida. 

 

Conocía a ciegas la estación tantas veces transitada, las tiendas, las cafeterías, los bares y librerías, sin embargo no podía apartar la vista clavada en el viejo reloj que marcaba tajante el compás de las horas. Gente que iba y venía apresurada,  el murmullo de fondo constante,  los altavoces anunciando  llegadas y salidas de trenes. Ruido.

 

Crisanta estaba en otra dimensión. Extrañaría sus manos acariciándola, su apasionada ternura, la  voz de ese hombre. Todo. Perdida entre la muchedumbre se aferró a lo vivido, a lo hallado al fin y perdido. Punzante recuerdo, huella indeleble. Dolor. Nunca más vibraría con otra sonrisa de no ser  la del viajero de noche y su estremecedora pasión, su nobleza. 

No podría olvidar. Cerró los ojos un momento.  No podría olvidarle. Se había hecho tarde. 

El aguacero arreciaba y la noche de otoño invernal se echaba encima a pasos agigantados. Antes de llegar a casa tenía que recorrer el camino de curvas sin fin de los acantilados  envueltos en sombras y bruma. 

Absorta en sus pensamientos y temores bajó las escaleras mecánicas hasta la primera planta del estacionamiento. Una ráfaga de viento helado le azotó el rostro. Apresuró el paso hacia el diminuto Cooper blanco y negro llamado Sam por Louis Armstrong  en  Casablanca. Sam ejercía de  paño de lágrimas era su refugio en él confiaba alegrías y quebrantos testigo fiel de sobresaltos la aceptaba tal cual sin reparo sin exigencia sin reproches. Sin más. Cerró las puertas del coche con seguro se ajustó el cinturón puso en marcha el motor la música, encendió otro cigarrillo, aspiró despacio hasta el fondo el humo,  y emprendió  el viaje a casa.

La voz del ausente reverberaba al borde de la última encrucijada. 

Latían golpeando el pecho, suspendidas en el vértigo,  sus palabras, mujer amada,  la eternidad contigo. 

 

Había llegado a casa. 

 

 

 

viernes, 27 de septiembre de 2019

Ceniza de rojo encendido

by Alexander MacQueen






Esta noche he quemado las últimas hojas de un viejo diario que ha sido mi sombra. A fuerza de arrancar hojas ha mermado hasta quedar en los huesos. Está encuadernado en tela de saco color ocre la textura del papel es algo satinada del mismo tono. Siempre escribo con pluma y tinta azul marino. Ese cuaderno y yo hemos sido inseparables. Donde estába él, estaba yo, perderlo hubiese sido perderme. Hace tiempo escondí dos diarios diminutos en el tejado de casa. Uno tenía tapas verdes y otro granates. Con esmalte de uñas marqué mi nombre sobre la teja que los cobijaba. Creí que ni lluvias ni tormentas lo borrarían, creí que nadie podría sospechar que allí quedaba escrita una parte del alma. Tenía doce años cuando subí al tejado grande y con recovecos muerta de vértigo. Pasó el tiempo. Después de soportar temporales y granizos hubo que cambiar  en casa un montón de tejas destrozadas. 

El agua y el salitre habrán borrado sin duda también aquella huella. Sólo las gaviotas saben dónde está mi nombre. Ahora con frecuencia escribo y rompo, escribo, rompo, quemo, y me gusta. El fuego entra en el papel, baila, reduce a ceniza las palabras, las desborda, las esparce, las abraza.

Pausa. 

Se ha consumido completamente la hoja, quedan  cenizas de rojo encendido.

No seas meritoria







Burlesque,  de Maurice Seymour, Chicago1930 



Esta tarde cuando los dedos ya no acertaban a encontrarse con las teclas y los ojos no daban más  de sí frente al ordenador y las cervicales andaban a la virulé,  se me ha ocurrido ver las noticias. He revisado los canales de este norte, norte, enterarme qué pasa por mi planeta preferido que sigue dando vueltas, vueltas y vueltas.

Peligrosamente vueltas. 

Quién me mandará. He visto justo un fragmento donde algunos presos explicaban que estan en la cárcel purgando penas en total desmesura con relación al delito. 

Pedían ayuda, misericordia por robos menores de comida o ropa en algún gran almacén. 

La nada misma en comparación.  Una mujer hecha cisco había acuchillado en defensa propia a quien la vendía a perrilla la tirada, al mejor postor. Acto seguido han entrado en pantalla sentando cátedra. Sabihondos y sabihondas que no callan nunca. Nunca.  Pontifican, apostrofan se rasgan espada en mano togas y vestiduras. Reparten estocadas en nombre de verdades hiperbólicas, realidades  alternativas proclaman. Y  por supuesto en nombre de Dios, perejilillo de todas las salsas que no se libra de una.

Total que para llegar al final de las noticias hacen falta tragaderas. 

Entonces qué. Entonces nada. Qué te importa. Lo tienes fácil. Telecomando. Pausa. Stop. Corte radical al alcance de la mano. Y ya está. Ya está. No pasa nada  hay que dejar que los perros ladren. 


Abogada de causas perdidas Mother diría. No seas meritoria. 


Corta. Apaga. Cut ! Cut !  

 

Apaga.

 

 

 

 

 

lunes, 9 de septiembre de 2019

Un aroma de brezo

de Vogue




Estaré esperando a la salida del teatro, dijo, en un Austin verde oscuro, no te detengas pero no corras, sospechan. Volé a su encuentro. Sólo yo nadie más sabía por qué. 

Tantas veces deseado. Él no. Él no. Impensable. Peligroso. 

Se había decretado Estado de Sitio en aquellos lares. 

Me abrazaría como previsto, simulando amor apasionado. 

Era lo único que importaba. Jugar a ser convincente. No titubear. No dudar. Sentir. Cumplimos a rajatabla como si la vida se nos fuera en la verdad de un beso interminable. 

Después, galante,  me abrió la puerta y en el asiento, a su lado,  había un ramillete de Brezo. 


Su aroma.


 


jueves, 22 de agosto de 2019

From The Pier in Brighton

Roaring wave  from  The Pier.



“We cannot live only for ourselves. A thousand fibers connect us with our fellow men; and among those fibers, as sympathetic threads, our actions run as causes, and they come back to us as effects.” 
― Herman Melville

No podemos vivir únicamente en función de nosotros mismos. Mil hebras nos conectan con nuestros semejantes y en esos hilos entrelazados, van y vienen causa y efecto.

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la traducción es mía

martes, 6 de agosto de 2019

Otro día hablaré de ella

John Singer Sargent





Primeros días de Junio. Noticias a las cinco de la mañana. Mucho calor. Humedad tropical  cerca del rio. Parte meteorológico sin grandes sorpresas. Acto seguido publicidad. Una conocida compañía de Seguros anuncia diferentes tipos de funerales, de entierros. Ofrece ataudes de maderas nobles tapizados en seda, terciopelo, acolchados, con almohada, sin almohada, estilismo, moda y maquillaje póstumo favorecedor, tanto que al cadaver únicamente le faltaría hablar o aplaudir.  Habrá flores en profusión, cocktail de despedida envuelto en las notas envolventes del Claro de Luna de Debussy completa la invitación  a morirse. 
Al final del anuncio el comentador  dice que en Amberes la hija única de un aristócrata, prominente hombre de negocios, se ha suicidado colgándose de las vigas de madera en el ático del castillo familiar. Tenía diez años. Su madre la ha encontrado muerta violada repetidamente.  Postre favorito de respetables comensales a través del tiempo.
Me levanto de repente con ganas de vomitar. Rabia ciega. No puedo más. No puedo más.
Lucha feroz con la memoria.
Recuerdo sin querer recordar la cinta grabada de mi amiga Almendra cuando se cansó de existir. Qué fue lo que no vi, lo que no quise ver. Lo que me dio miedo. Lo que no me atreví. 
Es un relato tranquilo, dulce, muy triste, como si ya se hubiera ido. Pide que después de escucharlo y transcribirlo, arroje la cinta al mar. Quisiera poder hablar de ella. De los imposibles aparentes. Hablar con ella. Estoy atragantada. Quisiera tenerla al lado, decir 
Otro día hablaré de ella. Hoy no. 

viernes, 28 de junio de 2019

Las pecaminosas carnes

de, Hugo Joseph von Habermann





Después de profundas abismales reflexiones, de mesarse  los blancos cabellos y azotarse las pecaminosas carnes con ramas tiernas de abedul nórdico. Despues de poner garbanzos a guisa de cilicios en zapatos con tacón vertiginoso y caminar así, sin mirar atrás, sin mirar  a nadie. Tambaleante. Solo avanzar evitando  a toda costa verdades alternativas.  Después de haber hecho veinte largos en las tranquilas aguas de la Rivière des Outaouais para calmar su espíritu. Después de haber vencido  el miedo  cerval de enfrentar el espejo en duelo despiadado contra el tiempo.  Después de luchar a brazo partido contra sí misma, contra los imponderables.  Contra logros y vergüenzas.  Después de todo eso, sublevada e inmersa  en el caos de la época sube al palco imaginario que protege, la protege un poco,  solo un poco de la realidad ineludible donde palpita la zozobra, en el alma de todos los miedos hasta que mañana sea otro dia. O el alma otra historia.

“ tête à tête “ con Nelson Villagra Garrido para La Revista CineCubano

Nelson Villagra Garrido  ( El Conde ) en  La Última Cena,  de Tomás Gutiérrez-Alea Tomás Gutiérrez-Alea  Nelson Villagra Garrido es chillane...