miércoles, 22 de febrero de 2017

Los corderos en la pradera



 Izaro aquel  dia desde el balcon de los piratas 





Desde el balcón de Nelson y nuestros piratas veo la puerta que baja a las peñas de Errandosolo los árboles de verde oscuro, flores, las olas que perfuman el aire de yodo y salitre. 
En el cielo las nubes escriben su propia historia. La bandera de Francis Drake ondea a mi lado oteando Izaro. Desde el fondo de la mar el peñón de Ogoño resiste las embestidas de la galerna, no hay ola salvaje que desafíe su raíz insondable. Ahora que estoy cerca de los fantasmas, los sueños recurrentes se desvanecen entre niebla y algas. El paisaje obliga a mirar en cámara lenta lo vivido. Cada habitación, cada teja, cada peldaño de esta casa puede contar la historia de muchas vidas. Si cualquiera de las dos cocinas hablaran descubrirían secretos de familia que se han ido a la tumba con sus personajes. Confesiones, secretos a media voz, risas, atragantos, llanto, rostros, arrepentimientos. 
Recuerdo el sabor de los txipirones y del pil-pil hechos a la brasa en cazuelas de barro de Gernika , el besugo al horno. El sabor de la cuajada con miel de trébol. Voces. Tertulias antes de amanecer. Colores de la memoria.
Desde aquí suelo escribir, es el despacho de mi padre donde hace mucho empecé a contar con tinta azul marino lo que sentía, cuitas y avatares codificados en cuadernos fantásticos de lino color vela Basildon Bond. Los escoindía para que nadie atropellaría mi intimidad. 

Entre caseríos y montes se ven algunas ovejas que pastan inocentes en la pradera cerca de sus corderillos, ajenas a los peligros que los acecha, emboscados, en depredadores hambrientos cuando menos se espera que despedazan sin piedad, a dentelladas y con saña el corazón de sus víctimas abandonadas a merced de ellos, los lobos con disfraz de corderos.

Recuerdo un viejo dicho quebecuá que reza así :
Les moutons dans la plaine sont en danger du loup”
(Las ovejitas en la pradera están a merced del lobo). Reza un viejo dicho quebecuá.


martes, 21 de febrero de 2017

Flambée au Rhum en Aberdeen






Alexandre Schoenewerg

 

 

El desvelo de hoy se debe a lo que me contó ayer Matilda mi amiga de toda la vida mientras degustábamos un exquisito medallón de salmón flambée au rhum sobre cuna de grosellas, en mi casa de Aberdeen. He pedido permiso para utilizar parte de la conversación .

Escribe lo que quieras  Matilda dice pero jura que nadie podrá reconocer la identidad de la mujer sin nombre  en tu historia.

Juro. Aquí estoy veinticuatro horas  después amaneciendo  contando y callando lo que haga falta. Al pensar en ella la sigo viendo como si el tiempo no hubiera pasado falda blanca larga,  blusa suelta semi-transparente corriendo descalza por la hierba, sonriendo. Hasta  que  todo cambió de repente. A  Matilda se le había metido entre ceja y ceja   abandonar la comodidad de su casa, de su hábitat, de nuestros pazos ocres, brumosos, para cambiar el mundo, decía y yo nunca la tomé en serio. No imaginaba verla irse de lo que parecía nuestra inaccesible fortaleza. Hasta que desapareció durante mucho  tiempo so pretexto  de un viaje corto, casual. 

Se fue. Pasaron los días y nada de ella. Ni un telegrama, ni siquiera una tarjeta. Tampoco a su familia, como si la tierra se la hubiera tragado.

No quise de ninguna manera recordar. Recordar significaría llorar, volver quizá, y debía enfrentar lo elegido  sin implicar a nadie, sola dice ahora.

Han pasado muchos años desde que salí de Aberdeen una noche con la certeza que nada sería lo mismo cuando regresara. 

Veo aún la cara llorosa de mi madre mirando desde el ventanal levantando la mano en un adiós hasta que sus lágrimas fueron lluvia triste e inagotable.

Mi padre dijo con ternura, vamos que ya es tarde. 

Te esperé para decirnos adiós. No quisiste. No hubo despedida, recuerda ella.

El coche arrancó en silencio  rumbo a otros pagos. 

Trató de quedarse,  en el último minuto, seguramente tuvo miedo pero era tarde. 

Tarde para muchas cosas, volver atrás, subir corriendo las escaleras, acurrucarse en la cama envuelta en finas sábanas todavía tibias,  y descansar.  Seguir contándonos cosas al día siguiente. Historias de amor. 


Después de mucho viajar Matilda llegó a  un país extraño donde la gente no sonreía. No podian sonreír. hubiese significado alta traición. 

Se hospedó durante largo tiempo en un hostal chiquito decorado con exquisito gusto a la orilla del mar. Su dueña, mujer madura  de modales refinados  la recibió. Llevaba el pelo canoso cuidadosamente desordenado en moño bajo casi suelto,  labios de rojo encendido, ojos azul marino  y fumaba sin parar.  Tenia voz de humo, según Matilda.  

Hablando y hablando al calor del fuego del vino y de las horas sin tiempo, se hicieron  amigas. Cuenta que una plácida tarde, en plena conversación,  su anfitriona dijo que tenía que enseñarle algo.  Se ausentó  unos instantes y regresó envuelta en una bata de seda granate que flotaba al compás de sus pisadas. Se la quitó y quedó semidesnuda.

Aquel cuerpo cuenta Matilda era un laberinto de cicatrices profundas.

Hondas huellas de cigarrillos apagados en la carne viva, marcas de látigazos  horadaban   la espalda su vientre. Tenía destrozados los pechos, como si una fiera hambrienta  los hubiera arrancado a dentelladas.

Esto es sólo lo que se ve dijo dulcemente mientras se cubría otra vez y encendía el primer cigarro de la segunda cajetilla. No ha sido tampoco la obra inconclusa de un marido despiadado. Durante una de esas sesiones el corazón no quiso seguir latiendo y morí.  Me revivieron,  todavía no había dicho lo que querían escuchar.  

O no me habían violado lo suficiente. En manos de aquella jauría viví mil muertes. 
Me perdí. Se me perdió el alma,  dijo y continuó fumando.

 

Matilda no sabía si levantarse, si quedarse, si abrazarla, si desaparecer. 

Si vomitar. 

Muda.

 

Ni siquiera te he ofrecido algo de beber. Te apetecería a lo mejor un Bloody Mary,   preguntó su anfitriona.

Gracias. Nada. No me apetece nada, de verdad,  sólo  escucharte. Sólo quiero escucharte.

 

Llevaba  trenzas largas entrelazadas de flores a veces,  continuó diciendo, y dio una larga calada dibujando círculos con el humo. Así estaba cuando me secuestraron a mediodía en plena calle. Mis trenzas sirvieron de bridas  a los  torturadores, y  de bozal para montarme. Ya ves un rodeo coronada de flores. Estoy viva porque me creyeron muerta. Tenía  quince años. Sin parar narró impasible su testimonio toda la noche. Sin horas. 


Esta noche Matilda y yo  nos debíamos  el tiempo sin tiempo  como siempre, como antes. 


Amanece. 

La hojarasca forma remolinos en el bosque. Me hundo en la butaca. Estoy terriblemente cansada. La casa duerme. Matilda se ha dormido también en el sillón. 

George aparece me da un beso en los labios, una caricia.   

Inagotables, dice, qué manera de celebrar. Menuda  resaca.


Sonríe y sale silencioso al trabajo.

Hay olor a musgo. 

 

Acto Primero y Único

 
Marie Agnes Gilliot






Esta mañana igual que todos los días me he levantado a las seis y he bajado a la terraza con la intención de pasar un momento en el jardín entre árboles y flores y luego música, escribir. Después leer. Hoy nada de eso he hecho. Hoy, aquí comienzan las intimidades, he sacado un frasquito de cera y lo he puesto a calentar. 
Absorta en el capítulo tercero de El espía perfecto de John Le Carré  a dos pasos de la cocina, he olvidado la cera en la chapa y todas las alarmas de casa han empezado a silbar sin parar, raro  en esta calle corta y silenciosa que va a la Rivière des Outaouais.
Una nube dehumo espeso salía de la cocina. La cera ardiente  había formado  una masa viscosa parecida a caramelo derretido. Frenética he tratado de apagar la fogata primero y la alarma después sin éxito.  Acto seguido he recibido una llamada roja de la central ADT advirtiendo que los bomberos venían en camino y la policía por si acaso. 
Nelson dormía a puerta cerrada ausente  total de lo que estaba pasando. 
A hechos consumados mejor  que siguiera soñando.
He cubierto cuatro frentes, cuatro, que tiene esta santa casa. He subido y bajando mil veces abriendo puertas, ventanas parea dejar salir el humo,  y al mismo tiempo desconectar tres alarmas en diferentes que sonaban a intervalos de diez segundos más o menos. 

De repente han aparecido catorce  bomberos elegantísimos con hachas y mangueras de agua  dispuestos a derrumbar muros y murallas. De manera que he salido a recibirles en  en las escaleras de la entrada con la mejor de mis sonrisas diciendo que no pasaba nada  en realidad, que lo único que deseaba era silenciar las alarmas, que sentía mucho haberles hecho venir por una bobada. 

Madame, je  vous en prie ! ha dicho sonriente uno de ellos, estilo Cyrano. 

Han pedido permiso para verificar toda la casa. Decían  que muchas veces  son incendios provocados para cobrar suculentos seguros, por eso verifican hasta el último rincón descartando posibilidades. Total que hemos pasado hora y media juntos. Ellos vestidos de pasarela Dior.  Yo, mejor ni decir. Nelson seguía feliz en brazos de Morfeo. 

Monsieur votre mari est ici Madame, à la maison ? han preguntado los bomberos antes de irse. 
Oui bien sûre ! ... 
Mais non ! ... 
C´est ca ! Non ! ... comprenez-vous ? Il dort. 

Los bomberos perplejos se han ido en su camión rojo, reluciente, limpio como el coral, igual que de juguete pero en grande y por suerte  sin drama. 
Al final de la aventura Nelson ha bajado a desayunar,  yo he corrido al espejo a mirarme, mejor dicho,  a verificar con qué ojos me habrían visto 
Conclusión bien, bien, todo bien dadas las circunstancias.  No espléndida, pasable. melena al viento, bata de seda color natural, a medio vestir, conservaba de todos modos los ojos pintados desde anoche. 
Eso y un cierto estilo Blanche Dubois,  de sensual descuido, ha dicho Nelson.

Pintarme los ojos es la penúltima ceremonia del día, por si acaso. 
Nunca se sabe cuándo concluye  el Acto Primero y Único.

viernes, 17 de febrero de 2017

El Capitán Miguel de Emaldi

Ivan Aivazovsky





Alguien avisó cuando el barco estaba muy lejos, más allá de El Abra.

Uno de los oficiales que se sobrevivieron  al naufragio amigo de la familia, fue a casa a contar cómo fue la tragedia y la última vez que vio al tio Miguel.

Dijo que el  vapor Fernando L de Ibarra no era ya capaz de resistir un temporal de tan salvaje magnitud en pleno Atlántico enfurecido, desafiando los acantilados de Peniche, Portugal, donde olas horrendas de más de veinte metros se estrellaban contra el barco e impedían cualquier tipo de socorro. Hasta que la fuerza de la tempestad partió  el buque por la mitad y tardó tres días en tragarlo, llevarlo al fondo de la mar.
Contaba mi madre que Gabiola Zubizarreta vio por última vez al Capitán Miguel de Emaldi en el Puente del barco, perfectamente sereno con el rosario en las manos, rezando, ordenándole que saltara al agua, que se salvara.

Si lo que contó fue verdad o mentira piadosa no lo sabremos nunca.

Algunos que lograron llegar nadando hasta la playa murieron del esfuerzo en la orilla. 

Los supervivientes, dìas más tarde, tomaron el tren para ir a La Coruña a los funerales de los compañeros desaparecidos en el temporal.
El tren descarriló y fallecieron dos de los tres que iban.

No sé si el destino existe. No sé ni lo quiero pensar en este momento.

Hasta aquí la trágica historia del Capitán Emaldi y de su tripulación, contada por quién la vivió en primera persona,  y por mi madre.  



Maite



Lord George F Watts,   Orpheus and Euridice




Se llamaba Maria Teresa. 

Maite fue una mujer muy valiente. Murió de cáncer cerebral cuando de verdad empezaba a vivir.
Viajó a Montreal en pleno invierno desafiando todos los miedos e inconvenientes para estar unos días con sus hijos Julio y Mirentxu y ver nacer a Lander su primer nieto. 
Viajaba entre una y otra sesión de quimioterapia, Cuando regresaba  a Mundaka, quedaba su alegría. 
La veo todavía  yendo  las dos, ella y yo a la Ópera en Place des Arts, esquivando  socavones de nieve muertas de risa yendo. Era muy joven cuando su marido la abandonó con tres hijos pequeños y tuvieron que  recorrer los tres un largo y doloroso camino.  Se me olvidó llorar, decía.

Después encontró el gran amor en un hombre que la quiso mucho. Se casaron igual que en los cuentos con final feliz. Él la sigue amando. Maite era generosa y buena. Recuerdo el brillo que tenía en la mirada y su hermosa cabellera de castaño brillante.

Nadie la oyó quejarse ni perder las ganas de vivir en su lucha contra el cáncer. 
Había resistido y superado radioterapias salvajes cuando se fue.  
Desde las ventanas de su casa en Mundaka junto al puerto más chiquito y más bonito del mundo se ven las olas y el vaivén de las mareas. Siempre huele a sal. 
En el piano un hombre enamorado, muy solo sin ella, interpreta Alfonsina y el mar para Maite, la preferida de su mujer amada. Ella nunca falta a la cita. 
Martín Gondra lo sabe. 
Cosas que pasan cuando se quiere de veras.

La tragedia del Fernando de Ybarra

La Tragedia del Fernando de Ybarra,  Pintura de  Ivan Aivazovsky




El Capitán Emaldi


El artículo que ayer cayó en mis manos a propósito del naufragio del vapor Fernando L de Ibarra, me dejó mal. No lo esperaba. Tampoco conocía las imágenes. De tanto oír  hablar sobre lo que pasó con "el tío Miguel", me había acostumbrado a la familiaridad de la tragedia, sin llegar al fondo. 

Mi madre tenía fotografías muy bonitas de él vestido de Capitán, elegantísimo, impecable en el Puente de mando, fumando en pipa. 
Como en las novelas.  
Alguna foto tendré guardada porque suelo robar ese tipo de recuerdos. Cuando la encuentre quizá la ponga en este blog.

Quienes le conocieron decían que "el tio Miguel", era un marino de verdad, enamorado de la mar,  que  navegar era su pasión  y hacía del barco un hogar para su tripulación. Que era un hombre bueno e inteligente, de trato extremadamente delicado. 
Decían que era de pocas palabras, que prefería escuchar . Que le encantaba leer. Y rezar. Y la música. Que llevaba siempre un rosario en el bolsillo. 

Miguel de Emaldi, era flaco, no muy alto, de rostro curtido por todos los vientos y mareas. Tenía una sonrisa preciosa a pesar de todo lo que fumaba. Era un hombre muy religioso, amante de su familia, de Nuestra Señora de Begoña, y de Ceberio, donde había nacido. 
Le gustaba respetar tradiciones y costumbres.  Tenía fama de austero. 
A la antigua usanza de nuestra tierra. 

En aquellos tiempos de guerra, cuando  la vida no era fácil para nadie, 
los marinos salían de casa y no regresaban en años. 
Eran campañas muy largas y duras. 

Contaba mi madre, que ese viaje fatal del Fernando L de Ibarra, sería el último "del  tío Miguel",  antes de retirarse. Demasiado  obvio, podría pensarse,  y sin embargo era la verdad. 
Uno cree que son cosas propias de las novelas, que nunca nos van a pasar.

Cuando los barcos salían  por la ría de Bilbao, desde Baracaldo hasta la mar, ayudados por remolcadores, era muy emocionante. 
Tocaban las sirenas y la gente se arremolinaba a lo largo del Muelle del Puente Colgante en Portugalete, para despedirles con txistu y tamboril bailando,  agitando pañuelos, y manos, lanzando besos al aire. 
Y lágrimas. 

El Capitán Miguel de Emaldi acostumbraba a despedir a los suyos desde el Puente; siempre.  Era un ritual en la familia.
Pero aquel 18 de Diciembre de 1943 , no fue así, ni avisó, no dijo nada.  El Fernando L de Ibarra se deslizó silencioso de madrugada, como un fantasma, invisible entre la niebla, apenas chapoteando el agua de la marea alta.  

Alguien avisó cuando el barco estaba muy lejos;  más allá de El Abra. 

Uno de los oficiales que se salvaron del naufragio, muy amigo de la familia, fue a casa a contar cómo pasó la tragedia y la última vez que vio a Miguel de Emaldi. 

Dijo que el  vapor Fernando L de Ibarra no era ya capaz de resistir un temporal de semejante magnitud, en pleno Atlántico enfurecido, en los acantilados de Peniche, Portugal, con olas horrendas de más de veinte metros  que se estrellaban contra el barco e impedían cualquier tipo de socorro; hasta que la fuerza de la tempestad lo partió  por la mitad y tardó tres días en llevarlo al fondo de la mar. 
Contaba mi madre, que Gabiola Zubizarreta, vio por última vez al Capitán Miguel de Emaldi,  en el Puente del barco  perfectamente sereno, con el rosario en la mano, rezando, despidiéndose, ordenándole que saltara al agua. Que se salvara.

Si fue verdad o mentira piadosa, no lo sabremos nunca.

Algunos que se salvaron del naufragio, tomaron el tren para ir a La Coruña a los funerales de los compañeros desaparecidos en el temporal.
El tren descarriló, y fallecieron dos de los tres que iban.

No sé si el destino existe. No sé ni lo quiero pensar en este momento.

Hasta aquí la trágica historia del Capitán Emaldi y de su tripulación, contada por quién la vivió y por mi madre.  
  

Noche de Walpurgis con la Dama de sangrai








Salut les amis !
Esto pasó hace 34 años. Luego lo escribí, después lo subí a mi blog, más tarde fue película contra mi voluntad. 
Ahora recupero y reitero lo vivido en Noche de Walpurgis con La Dama de Shanghai.
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Nunca se sabe la verdad o la fantasía que llevan los sobresaltos, como éste que sucedió en Montreal una tarde de otoño cuando todavía las hojas de los arces se agitaban vestidas de fiesta. Cuento lo sucedido tal cual ocurrió. Tres somos los testigos. Dos amigos insignes profesores de la Universidad de Montreal y yo. Ellos agnósticos y materialistas dialécticos. Yo no.
Los llamaba Ginger y Fred en honor a la relación peculiar que mantuvieron y al gozoso recuerdo que dejaron en mí. Vivíamos la bohemia, nos reíamos de nuestra sombra. Ginger y Fred siempre estaban en primera fila en mis estrenos de teatro. Yo no perdía sus apasionantes ponencias; sus clases magistrales.
Ginger era mujer de amores súbitos y sonrisa pícara contagiosa. Los años de cigarrillo y humo habían dejado en ella la voz pastosa, ronca, bonita. Discutíamos de todo y de nada con tal vehemencia como si la rotación de la Tierra alrededor de su eje dependiera de nuestro ímpetu. Arreglábamos entuertos mundiales y nos contábamos todo. O casi todo.
Fred era un tipo de espíritu refinado y modales exquisitos. Su lengua materna no era el español.
Exponía con la misma rigurosidad la quintaesencia de Engels que la última réplica de Blanche Dubois en El Tranvía llamado Deseo : “ Siempre he dependido de la buena voluntad de los extraños…” comentando la dramaturgia de Tennesse Williams.
Vivía solo. Como Ginger. Cada cual en sus nidos.
Me quería bien. Solía informarme de cualquier evento artístico que mereciera la pena en Montreal. Le gustaba escuchar mi opinion. Pasábamos horas muertas hablando del tema. Todavía fumaba. Desde que dejé el cigarrillo no he vuelto a ser la misma, me he puesto aburrida.
Sigo con el sobresalto.
Un imborrable domingo de Octubre hacia las siete y media de la tarde llamé a Fred para comentarle que a las ocho PBS presentaba la obra de Miller Death of a Salesman con John Malkovich y Dustin Hoffman en los roles protagónicos. Sabía que le iba a encantar. Pero él no contestó. En su lugar respondió la llamada una mujer. 
Rápida  y seca dijo que Fred había salido y que no volvería hasta las once de la noche. Se trataba de una mujer mayor, pensé. Muy mayorc quizá. La voz delataba un acento extranjero no obstante culto, perfecto. Y me nombró. Dijo textualmente: — “ Sé bien quién eres, Fred te llama Bego.  Fred no está. Ha ido a ver La Dama de Shanghai a la Universidad Concordia. No regresará hasta las once de la noche.  Cuántas veces debo repetirlo. Precipitadament le dí las gracias sin saber qué responder, qué más decir. Ella había colgado el auricular.
No habrían pasado tres minutos cuando llamó Ginger diciendo que había tratado de hablar con Fred, que no estaba en casa y que había dejado un mensaje en el respondedor. 
— Qué estás diciendo. No puede ser. Acabo de llamar y he topado con una bruta insoportable en su casa que  me ha despedido a cajas destempladas diciendo que no está. 
Ginger se rió.
— ¡ Ay Bego, Bego iqué despiste el tuyo ! seguramente habrás marcado un número equivocado.
— Y yo te aseguro que no, de despiste nada. Para tu información Fred en estos momentos está en el cine de la Universidad Concordia viendo un ciclo de Orson Welles; concretamente La Dama de Shanghai y regresará a las once. Veremos entonces quién es la del desacierto.  Precisamente  la mujer antipática que guarda su casa ahora mismo es quién me ha informado de todo, todo, todo. 
Muy mosqueada con Fred supongo, Ginger volvió a llamar  a su casa y dejó el segundo mensaje  en el respondedor. 
Eso sí que es raro rarísimo, pensé. Y de repente no quise pensar más. De susto en sobresalto empecé vi Death of a Salesman. 
Hacia las doce menos cuarto de la noche sonó el teléfono en casa; hora destemplada.  Era Fred. Había hablado ya con Ginger.  Fred, áspero, serio, incrédulo, notoriamente alterado, exigiendo más que preguntando que le contara cómo había sido la conversación con esa mujer  que tanto sabía de  sus ires y venires aquel domingo,— con tanta exactitud.
—Querida Bego —apostrofó—soy ateo. No sé a qué estás jugando pero no me hace gracia. He salido de casa esta tarde y he bajado por el Boulevard St. Laurent hacia La Cinémathèque Québeçoise. A mitad de camino en la vitrina de un depanneur he visto que en la Universidad Concordia daban La Dama de Shanghai dentro de un ciclo dedicado a Orson Welles.  En ese momento , escúchame bien, nada más que en ese momento he decidido cambiar de rumbo rápidamente para llegar a la función de las nueve. Y estaba solo, no he hablado con nadie ni antes ni después, ni en ningún momento. Nadie podría haber adivinado dónde iba. Ni yo mismo lo sabía ¿comprendes? Ni yo mismo. Al salir de casa he dejado el contestador conectado; a mi regreso he encontrado dos mensajes de Ginger. Ninguno tuyo. Entonces dime ¿con quién has hablado tú? Con quién has hablado tú, — murmuraba como quién niega otro pensamiento simultáneo. 
Una y mil veces me lo preguntó y otras tantas le repetí la conversación con la desconocida.
De repente se me erizó la piel, sentí mucho miedo, frío. Y descolgué el teléfono toda la noche. Mis hijos dormían. La casa estaba en silencio y el silencio pesaba. En camisón y descalza me refugié en el coche.  No me sentía capaz de ir a la cama, dominar el escalofrío de las sombras. Di unas vueltas, no sé cuantas, alrededor del Mont Royal. Sola. La ciudad a mis pies dormía iluminada y transparente en la quietud de la noche. 
Al día siguiente muy de mañana Fred nos citó a Ginger y a mí en el Ritz Carlton de la calle Sherbrooke para desayunar. En realidad fue para confrontar versiones.
No sabía  que nos veríamos por última vez.
Entre hojaldres y cremosos capuccinos sacó de su billetera una foto donde tres ancianas bellísimas estaban sentadas una al lado de la otra en un banco de piedra,  claramente en un paisaje desconocido.
Una iba vestida de azul añil vibrante, otra de blanco inmaculado, la tercera de naranja cobrizo.
—Dime, preguntó Fred ¿quién, sin pensarlo, dirías que habló contigo anoche?
— ¿ Anoche?
— Si, anoche. Anoche hablaste con una de las tres.
Señalé entonces la mujer que estaba en medio, vestida de color azul añil, de pelo blanco, luminosa.
— Es mi madre— dijo sin quitarme los ojos de encima — falleció hace cuatro meses. Con ella hablaste anoche. 
Fred me taladraba con la mirada como si quisiera ver en mí lo que no podía o no quería aceptar, ni explicarse. Incrédulo. Se me heló la sangre y me tiritaban los dientes.

Igual que ahora, mientras escribo por primera vez desde entonces, esto que pareciera ser un delirio, un sueño.

Muchas veces pienso en La Dama de Shanghai. En aquella noche. En aquella voz al otro lado del hilo, al otro lado de la vida, una sosegada tarde de otoño, en Montreal.

Isidora

Isidora Aguirre Tupper   collage de bz
  


Isidora y yo en su casa de Santiago y la nuestra de Montreal  pasábamos horas muertas  hablando de amores,  de romances, de historias imposibles propias y ajenas, de literatura de teatro de cine. Qué placer escucharla. Diríase que  no necesitaba respirar ni tomar resuello,  únicamente le importaba contar,  la hubiese escuchado eternamente. Mujer pícara,  brillante,  sensual, mundana, seductora. Se quedaba en nuestra casa  siempre  que  pasaba por Montreal cuando dirigía alguna de sus obras; otras veces venía  a dar conferencias. Fue un placer. Nelson y ella se admiraban mutuamente se tenían gran estima. Al recordarla ahora vuelve como entonces .

Isidora tenía  bellos ojos oscuros de pestañas aterciopeladas. Era chiquita y hermosa.  Le gustaba escribir en la cama entre  almohadones y montañas de libros donde hacíamos las tertulias.
Con frecuencia íbamos las dos a la ópera,  al ballet.  Otras veces nos acompañaba Jaime. Después de la función  íbamos a hacer tertulia con Isidora,  tomábamos una copa,  tarde a la noche llevaba a Jaime a su casa.  Al día siguiente aparecía  con un ramo de rosas que dejaba en la portería en algún momento del día con una dedicatoria  que decía: " Red roses for a Blue Lady..."
Isidora me  contaba de sus amores, los conocidos, los clandestinos, todos.  Sus amigos en Paris. Entraba en trance recordando la mirada  verdosa de Gérard Philipe  que hacia estragos. Conocía bien a Ionesco, Picasso,  Aragón.  Camus. Brecht.  Roque Dalton. Hablaba de ellos como si los acabase de dejar en un Bistro de Montmartre, amaneciendo. 

Isidora y yo fuimos amigas naturalmente como agua que fluye. Dos Aguirres somos ramas del mismo árbol, le gustaba decir.  Son tantos los  momentos memorables.  El primero que viene a la memoria es el de una noche de calor tropical   en Montreal  cuando las  dos nos metimos  en  la piscina desnudas, mientras mis hijos dormían. Pesaba como plomo el aire sofocante.
Nadie podría  sospechar que después de estar meses y meses sepultados en hielo y nieve, en verano se puede derretir hasta el asfalto. 
Antes de quitarse la ropa y saltar al agua Isidora pidió  que no la miráramos, le daba mucha vergüenz, dijo, sobre todo por Nelson que tranquilamente se balanceaba en una hamaca.
No me mires,  por ningún motivo me mires ...  todo cae, nada se sostiene m´hijito ... y se reía. 
De repente gritó y suspiró hondo.  Suspiró  tan fuerte que instintivamente miramos creyendo que pasaba algo. Allí estaba ella, Venus esplendorosa asomando  entre los abedules luciendo  su cuerpo armonioso, su delicada palidez.  Feliz, desnuda al fin ante su admirado amigo,  paseó al borde de la piscina hasta el agua mostrándonos sus  rodillas perfectas, su todo en su sitio,  estupenda;  contoneándose. 

Recuerdo así mismo la risa contagiosa de las dos, nadando y jugando con el agua,  ingrávidas.

No he olvidado  tu estilo Isidora Aguirre, tu gracia. La inocencia.



Dímelo al oído tan solo a mí

Hopper


El viento sacude las ramas de arce cerca de la ventanas y me ha sacado del dormir profundoo.
El río San Lorenzo arrastra en sus aguas caudalosas hacia la mar los estragos de una borrasca .  Montreal descubre poco a poco su belleza única de diosa otoñal.
Las hojas de mil colores nunca iguales a ningún ayer bailaran en el aire hasta caer rendidas esperando la protección de la nieve que alimenta la tierra. 
Por la ventana semi abierta entra el silencio. Cierro los ojos y me duermo otra vez. Sueño. 
Las imágenes se superponen confusas, otras veces claras. 
Son las de una niña recién nacida que está  flotando en una playa al anochecer. 

No hay nadie, únicamente ella y la inmensidad. Ella y el agua. Vive en el colegio con las monjas .


"Algo malo habrá hecho esa niña de apenas seis años para que la lleven  a un internado siendo tan pequeña y tan frágil. Algo malo", murmuraban.

El padre de Rosamunda adoraba a su única hija y sin embargo no la defendió, no protestó, no dijo nada. La vio irse. 
Tuvieron que arrastrarla  por las escaleras para llevarla al internado. 
Se agarró a la barandilla  hasta que sus  dedos enrojecidos  no pudieron resistir  la ira de la madre forcejando con ella.
"Suelta de una vez - repetía  frenética -  las monjas te enseñarán  a ser dócil . 
Vete antes de que pierda la paciencia. No te quiero ver.  Deja de hacer teatro. 
¡ Vete !".

Rosamunda  recuerda la luz tenue entrando por las vidrieras de la escalera; la desolación cuando su madre cerró la puerta. La mirada temible de aquella mujer. Después el silencio.
Entre el chófer y su padre la bajaron en brazos al coche envuelta en una manta escocesa de lana  roja, beige, verde oscuro,  con ribete de cuero marrón, recuerda que así era.
Acurrucada en el asiento de atrás quedó agotada y muda. 
Era una mañana muy fría de invierno.  La niebla espesa  pegada al suelo suelo obligaba a circular despacio por la carretera sin fin de la llanura castellana  adornada de  cipresesfantasmagóricos.
Rosamunda  fingía dormir.  Su padre musitaba una canción mirando sin ver a través de la ventanilla. 

Es la única vez en la vida que le oyó cantar. 




"Dímelo al oído tan solo a mí, que nadie te ha querido como yo a ti.

.." 

“ tête à tête “ con Nelson Villagra Garrido para La Revista CineCubano

Nelson Villagra Garrido  ( El Conde ) en  La Última Cena,  de Tomás Gutiérrez-Alea Tomás Gutiérrez-Alea  Nelson Villagra Garrido es chillane...