miércoles, 22 de febrero de 2017
Los corderos en la pradera
martes, 21 de febrero de 2017
Flambée au Rhum en Aberdeen
El desvelo de hoy se debe a lo que me contó ayer Matilda mi amiga de toda la vida mientras degustábamos un exquisito medallón de salmón flambée au rhum sobre cuna de grosellas, en mi casa de Aberdeen. He pedido permiso para utilizar parte de la conversación .
Escribe lo que quieras Matilda dice pero jura que nadie podrá reconocer la identidad de la mujer sin nombre en tu historia.
Juro. Aquí estoy veinticuatro horas después amaneciendo contando y callando lo que haga falta. Al pensar en ella la sigo viendo como si el tiempo no hubiera pasado falda blanca larga, blusa suelta semi-transparente corriendo descalza por la hierba, sonriendo. Hasta que todo cambió de repente. A Matilda se le había metido entre ceja y ceja abandonar la comodidad de su casa, de su hábitat, de nuestros pazos ocres, brumosos, para cambiar el mundo, decía y yo nunca la tomé en serio. No imaginaba verla irse de lo que parecía nuestra inaccesible fortaleza. Hasta que desapareció durante mucho tiempo so pretexto de un viaje corto, casual.
Se fue. Pasaron los días y nada de ella. Ni un telegrama, ni siquiera una tarjeta. Tampoco a su familia, como si la tierra se la hubiera tragado.
No quise de ninguna manera recordar. Recordar significaría llorar, volver quizá, y debía enfrentar lo elegido sin implicar a nadie, sola dice ahora.
Han pasado muchos años desde que salí de Aberdeen una noche con la certeza que nada sería lo mismo cuando regresara.
Veo aún la cara llorosa de mi madre mirando desde el ventanal levantando la mano en un adiós hasta que sus lágrimas fueron lluvia triste e inagotable.
Mi padre dijo con ternura, vamos que ya es tarde.
Te esperé para decirnos adiós. No quisiste. No hubo despedida, recuerda ella.
El coche arrancó en silencio rumbo a otros pagos.
Trató de quedarse, en el último minuto, seguramente tuvo miedo pero era tarde.
Tarde para muchas cosas, volver atrás, subir corriendo las escaleras, acurrucarse en la cama envuelta en finas sábanas todavía tibias, y descansar. Seguir contándonos cosas al día siguiente. Historias de amor.
Después de mucho viajar Matilda llegó a un país extraño donde la gente no sonreía. No podian sonreír. hubiese significado alta traición.
Se hospedó durante largo tiempo en un hostal chiquito decorado con exquisito gusto a la orilla del mar. Su dueña, mujer madura de modales refinados la recibió. Llevaba el pelo canoso cuidadosamente desordenado en moño bajo casi suelto, labios de rojo encendido, ojos azul marino y fumaba sin parar. Tenia voz de humo, según Matilda.
Hablando y hablando al calor del fuego del vino y de las horas sin tiempo, se hicieron amigas. Cuenta que una plácida tarde, en plena conversación, su anfitriona dijo que tenía que enseñarle algo. Se ausentó unos instantes y regresó envuelta en una bata de seda granate que flotaba al compás de sus pisadas. Se la quitó y quedó semidesnuda.
Aquel cuerpo cuenta Matilda era un laberinto de cicatrices profundas.
Hondas huellas de cigarrillos apagados en la carne viva, marcas de látigazos horadaban la espalda su vientre. Tenía destrozados los pechos, como si una fiera hambrienta los hubiera arrancado a dentelladas.
Esto es sólo lo que se ve dijo dulcemente mientras se cubría otra vez y encendía el primer cigarro de la segunda cajetilla. No ha sido tampoco la obra inconclusa de un marido despiadado. Durante una de esas sesiones el corazón no quiso seguir latiendo y morí. Me revivieron, todavía no había dicho lo que querían escuchar.
O no me habían violado lo suficiente. En manos de aquella jauría viví mil muertes.
Me perdí. Se me perdió el alma, dijo y continuó fumando.
Matilda no sabía si levantarse, si quedarse, si abrazarla, si desaparecer.
Si vomitar.
Muda.
Ni siquiera te he ofrecido algo de beber. Te apetecería a lo mejor un Bloody Mary, preguntó su anfitriona.
Gracias. Nada. No me apetece nada, de verdad, sólo escucharte. Sólo quiero escucharte.
Llevaba trenzas largas entrelazadas de flores a veces, continuó diciendo, y dio una larga calada dibujando círculos con el humo. Así estaba cuando me secuestraron a mediodía en plena calle. Mis trenzas sirvieron de bridas a los torturadores, y de bozal para montarme. Ya ves un rodeo coronada de flores. Estoy viva porque me creyeron muerta. Tenía quince años. Sin parar narró impasible su testimonio toda la noche. Sin horas.
Esta noche Matilda y yo nos debíamos el tiempo sin tiempo como siempre, como antes.
Amanece.
La hojarasca forma remolinos en el bosque. Me hundo en la butaca. Estoy terriblemente cansada. La casa duerme. Matilda se ha dormido también en el sillón.
George aparece me da un beso en los labios, una caricia.
Inagotables, dice, qué manera de celebrar. Menuda resaca.
Sonríe y sale silencioso al trabajo.
Hay olor a musgo.
Acto Primero y Único
viernes, 17 de febrero de 2017
El Capitán Miguel de Emaldi
Maite
Se llamaba Maria Teresa.
Maite fue una mujer muy valiente. Murió de cáncer cerebral cuando de verdad empezaba a vivir.
Viajaba entre una y otra sesión de quimioterapia, Cuando regresaba a Mundaka, quedaba su alegría.
La veo todavía yendo las dos, ella y yo a la Ópera en Place des Arts, esquivando socavones de nieve muertas de risa yendo. Era muy joven cuando su marido la abandonó con tres hijos pequeños y tuvieron que recorrer los tres un largo y doloroso camino. Se me olvidó llorar, decía.
Después encontró el gran amor en un hombre que la quiso mucho. Se casaron igual que en los cuentos con final feliz. Él la sigue amando. Maite era generosa y buena. Recuerdo el brillo que tenía en la mirada y su hermosa cabellera de castaño brillante.
Nadie la oyó quejarse ni perder las ganas de vivir en su lucha contra el cáncer.
Había resistido y superado radioterapias salvajes cuando se fue.
Desde las ventanas de su casa en Mundaka junto al puerto más chiquito y más bonito del mundo se ven las olas y el vaivén de las mareas. Siempre huele a sal.
En el piano un hombre enamorado, muy solo sin ella, interpreta Alfonsina y el mar para Maite, la preferida de su mujer amada. Ella nunca falta a la cita.
Martín Gondra lo sabe.
Cosas que pasan cuando se quiere de veras.
La tragedia del Fernando de Ybarra
| La Tragedia del Fernando de Ybarra, Pintura de Ivan Aivazovsky |
El Capitán Emaldi
Noche de Walpurgis con la Dama de sangrai
Esto pasó hace 34 años. Luego lo escribí, después lo subí a mi blog, más tarde fue película contra mi voluntad.
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Los llamaba Ginger y Fred en honor a la relación peculiar que mantuvieron y al gozoso recuerdo que dejaron en mí. Vivíamos la bohemia, nos reíamos de nuestra sombra. Ginger y Fred siempre estaban en primera fila en mis estrenos de teatro. Yo no perdía sus apasionantes ponencias; sus clases magistrales.
Ginger era mujer de amores súbitos y sonrisa pícara contagiosa. Los años de cigarrillo y humo habían dejado en ella la voz pastosa, ronca, bonita. Discutíamos de todo y de nada con tal vehemencia como si la rotación de la Tierra alrededor de su eje dependiera de nuestro ímpetu. Arreglábamos entuertos mundiales y nos contábamos todo. O casi todo.
Fred era un tipo de espíritu refinado y modales exquisitos. Su lengua materna no era el español.
Exponía con la misma rigurosidad la quintaesencia de Engels que la última réplica de Blanche Dubois en El Tranvía llamado Deseo : “ Siempre he dependido de la buena voluntad de los extraños…” comentando la dramaturgia de Tennesse Williams.
Vivía solo. Como Ginger. Cada cual en sus nidos.
Me quería bien. Solía informarme de cualquier evento artístico que mereciera la pena en Montreal. Le gustaba escuchar mi opinion. Pasábamos horas muertas hablando del tema. Todavía fumaba. Desde que dejé el cigarrillo no he vuelto a ser la misma, me he puesto aburrida.
Ginger se rió.
— ¡ Ay Bego, Bego iqué despiste el tuyo ! seguramente habrás marcado un número equivocado.
— Y yo te aseguro que no, de despiste nada. Para tu información Fred en estos momentos está en el cine de la Universidad Concordia viendo un ciclo de Orson Welles; concretamente La Dama de Shanghai y regresará a las once. Veremos entonces quién es la del desacierto. Precisamente la mujer antipática que guarda su casa ahora mismo es quién me ha informado de todo, todo, todo.
De repente se me erizó la piel, sentí mucho miedo, frío. Y descolgué el teléfono toda la noche. Mis hijos dormían. La casa estaba en silencio y el silencio pesaba. En camisón y descalza me refugié en el coche. No me sentía capaz de ir a la cama, dominar el escalofrío de las sombras. Di unas vueltas, no sé cuantas, alrededor del Mont Royal. Sola. La ciudad a mis pies dormía iluminada y transparente en la quietud de la noche.
No sabía que nos veríamos por última vez.
Entre hojaldres y cremosos capuccinos sacó de su billetera una foto donde tres ancianas bellísimas estaban sentadas una al lado de la otra en un banco de piedra, claramente en un paisaje desconocido.
—Dime, preguntó Fred ¿quién, sin pensarlo, dirías que habló contigo anoche?
— ¿ Anoche?
— Si, anoche. Anoche hablaste con una de las tres.
Señalé entonces la mujer que estaba en medio, vestida de color azul añil, de pelo blanco, luminosa.
— Es mi madre— dijo sin quitarme los ojos de encima — falleció hace cuatro meses. Con ella hablaste anoche.
Isidora
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| Isidora Aguirre Tupper collage de bz |
Isidora y yo en su casa de Santiago y la nuestra de Montreal pasábamos horas muertas hablando de amores, de romances, de historias imposibles propias y ajenas, de literatura de teatro de cine. Qué placer escucharla. Diríase que no necesitaba respirar ni tomar resuello, únicamente le importaba contar, la hubiese escuchado eternamente. Mujer pícara, brillante, sensual, mundana, seductora. Se quedaba en nuestra casa siempre que pasaba por Montreal cuando dirigía alguna de sus obras; otras veces venía a dar conferencias. Fue un placer. Nelson y ella se admiraban mutuamente se tenían gran estima. Al recordarla ahora vuelve como entonces .
Dímelo al oído tan solo a mí
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| Hopper |
Por la ventana semi abierta entra el silencio. Cierro los ojos y me duermo otra vez. Sueño.
Las imágenes se superponen confusas, otras veces claras.
Son las de una niña recién nacida que está flotando en una playa al anochecer.
"Algo malo habrá hecho esa niña de apenas seis años para que la lleven a un internado siendo tan pequeña y tan frágil. Algo malo", murmuraban.
Se agarró a la barandilla hasta que sus dedos enrojecidos no pudieron resistir la ira de la madre forcejando con ella.
¡ Vete !".
Acurrucada en el asiento de atrás quedó agotada y muda.
Era una mañana muy fría de invierno. La niebla espesa pegada al suelo suelo obligaba a circular despacio por la carretera sin fin de la llanura castellana adornada de cipresesfantasmagóricos.
Es la única vez en la vida que le oyó cantar.
“ tête à tête “ con Nelson Villagra Garrido para La Revista CineCubano
Nelson Villagra Garrido ( El Conde ) en La Última Cena, de Tomás Gutiérrez-Alea Tomás Gutiérrez-Alea Nelson Villagra Garrido es chillane...
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foto de bz desde casa en Mundaka Je t'ai déjà parlé de cela, je crois. Il y a bien des années quand j'étais dans un bar de Munda...
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Ballets Bolshoi A veces a media noche bajo del palco me siento tranquila en primera fila de butacas y en el espacio vacío veo desfilar la...








